domingo, 9 de abril de 2017

ENTREVISTA DE DAVID HERAS MARTÍNEZ A EDUARDO MARTÍNEZ RICO

Lunes, 3 de marzo de 2017


Mi sobrino David Heras Martínez, de nueve años, es un gran lector y me ha hecho una entrevista para el colegio. Quería compartirla con los lectores porque me parece muy interesante. Gracias a ella he podido plantearme aspectos de mi vocación literaria en los que no había profundizado antes. Le doy las gracias a David y le animo a que siga siendo tan amigo de los libros.

1. Qué estudiaste?


-Estudié Filología Hispánica. Cuando tuve que elegir una carrera yo ya sentía mi vocación literaria, quería ser escritor. Por eso elegí la carrera que creía que más me iba a ayudar a formarme en este sentido, una carrera en la que hubiera que leer y escribir mucho, que me diera una buena cultura. No me equivoqué. Mientras estudiaba mis asignaturas, mientras leía los libros que me mandaban los profesores, que eran muchos, y algunos más, yo escribía todos los días.


2. ¿Por qué  te gusta escribir?


-Creo que me gusta porque muy pronto, quizá cuando tenía unos cinco años, según mi madre, descubrí que disfrutaba mucho leyendo. Luego en el colegio descubrí también que me gustaba mucho escribir, que disfrutaba mucho escribiendo, y que se me daba bien. Cuando escribía me sentía muy a gusto, como una forma de flotar o de volar. Además, y creo que esto es importante, de niño yo era tartamudo, me costaba mucho expresarme, pero cuando escribía lo podía hacer con total libertad. Esa libertad la sigo notando al escribir.


3. ¿Cómo  te diste cuenta de que querías ser escritor?


-Ya dije que descubrí que me gustaba escribir pronto. Además, me gustaba presentarme, de vez en cuando, a los certámenes literarios del colegio. También me gustaba hacer las redacciones de clase, escribir algunos cuentos… Siempre me gustaron también las lecturas que me mandaban los profesores, a todas las edades. Ahora que lo pienso, fue importante estudiar, a los 17 o 18 años, a escritores contemporáneos, más cercanos a mí en el tiempo que los grandes clásicos. Ahí me di cuenta de que yo quería ser uno de ellos. Seguramente ahí descubrí mi vocación.


4. ¿Qué libros leías cuando eras pequeño?


-Me gustaban mucho, en general, los libros que me mandaban leer en clase, pero también leía muchos cómics. Era muy aficionado a Tintín; leí todos los álbumes y algunos varias veces. También me gustaban los Astérix, aparte de otros. Poco a poco, fui descubriendo a autores más “serios”, como Miguel Delibes, que me encantaba, y que conocí gracias a El camino, otra lectura del colegio, un libro que me emocionó. En esta línea debo decir que cuando ganó el Premio Nobel Cela yo tenía unos doce o trece años y me impactó mucho. También ese acontecimiento fue importante en mi vocación literaria. Me di cuenta de que un escritor podía ser una persona muy importante para los demás, para la sociedad, para su país. Desde luego lo era para mí.


5. ¿Cuántos libros has escrito?


-No sé cuántos he escrito, muchos, quizá veinte o más. Demasiados seguramente para la edad que tengo… He publicado hasta ahora once.


6. ¿Qué tipo de libros escribes?


-La gente dice que mis libros son muy variados. Tengo novela histórica, como mis libros sobre el Cid y sobre Fernando el Católico. Pero también tengo biografía, como Pedro J. Tinta en las venas. Libros de entrevistas, como mis libros sobre Umbral. De ensayo, como mi tesis doctoral, recién publicada. O un libro epistolar, como mis Cartas de un joven escritor a Don Quijote de la Mancha, que es un homenaje a mis queridos Cervantes y Don Quijote.


7. ¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué?


-Me resulta muy difícil decir quién es mi escritor favorito. Además, me resulta una especie de traición decidirme por uno y no por otros. Hay muchos, y maravillosos; además, en unas épocas me gustan más unos y en otras otros. Puedo decirte que siempre me encanta leer a Cervantes, a Borges, a García Márquez… pero también a muchos otros. Cuanto más leo más conozco y más me abro.


8. ¿Cuál es tu libro y personaje favorito? ¿Por qué?


-Ya he dicho que hay muchos escritores favoritos en mi caso, pero debo reconocer que hay uno y un personaje que me han acompañado toda la vida, desde muy niño, y son Cervantes y Don Quijote. Yo me recuerdo, muy pequeño, leyendo un libro de viñetas de Don Quijote, divirtiéndome muchísimo, y tomando a Don Quijote como un gran héroe, de ningún modo como un loco. Luego es un libro y un autor que he estudiado mucho, en el colegio y en la carrera, y de los que también he escrito bastante. Son muy profundos, aparte de divertidos. Don Quijote explica bien muchas cosas de nuestra cultura, de nuestra Historia, del carácter de los españoles, y también del mío propio, de mi vida y de mi personalidad. Por eso me gusta tanto. Y también porque, con su creador, Cervantes, lo siento como un gran amigo mío, un amigo “de toda la vida”, en realidad un compañero de vida.


9. ¿Qué libros te gusta leer?


-Muchos y muy variados. Ahora, desde hace años, me gusta mucho leer Historia, por dos razones, porque me gusta personalmente y para escribir mis novelas históricas. A los lectores les gusta mucho este género, pero para hacerlo bien hay que documentarse mucho, hay que esforzarse leyendo muchas obras históricas. Para mí es un esfuerzo, pero también un placer.


10. ¿Además de escribir a que otras cosas te dedicas?


-Fundamentalmente, en esta etapa de mi vida, a dar clases. Soy profesor de Lengua y de Literatura, que es un trabajo muy gratificante y muy relacionado con la escritura.


11. ¿Por qué  es importante leer?


-Leer es muy importante para muchas cosas. Leer te ayuda a comprender y disfrutar mejor la vida, el pasado de tu país, de tu civilización. Leer te da mucha cultura, que es un gran tesoro, aunque a veces no lo parezca, tal vez porque no se ve a simple vista, aunque se nota mucho, lo notan mucho los demás… y uno mismo también, porque se disfruta enormemente. Leer nos ayuda a comprender mejor lo que leemos y lo que escuchamos. Por supuesto, ayuda a hablar mejor y a escribir mejor, con un vocabulario más amplio, con construcciones sintácticas más perfectas... Y nos da contenidos de los que hablar, para ser más profundos. Leer nos ayuda en todos los campos de nuestra vida, nos hace más ricos, menos planos. Nos abre muchas puertas, en todos los sentidos. Pero hay que hacer más cosas que leer, por supuesto, y no las debemos descuidar.


12. ¿Qué libro me recomiendas?

-Seguro que tus profesores están más al día que yo de la literatura infantil que te puede gustar. A mí se me ocurre decirte que leas una buena edición para niños del Quijote de Cervantes. Que pruebes, que empieces a leerlo, y si te gusta que la leas. Para mí fue apasionante, como te dije, de muy pequeño. Pero en la lectura hay algo tal vez más importante que el libro que se lee, y es el lector. Las personas somos diferentes, y nos vamos formando con el tiempo. Estoy seguro de que tú harás muchas lecturas únicas y maravillosas por ser tú mismo, y hay que ir haciendo el camino de la lectura. Es fantástico ir descubriendo los libros, que no tienen que ser necesariamente joyas de la literatura, pero que a nosotros nos gustan porque queremos leerlos. En ese sentido creo que te pueden servir, y mucho, muchos libros, siempre que te digan algo especial a ti. De este modo yo leí muchos libros, libros por ejemplo que hoy no leería, pero que en su momento fueron importantes para mí. Sin embargo, y aparte del Quijote para niños, yo te recomiendo que te fíes de tus profesores de Lengua y de Literatura. A mí personalmente me ayudaron mucho los míos.







Puedes encontrar libros de Eduardo Martínez Rico en la web de la editorial.






domingo, 12 de marzo de 2017

Programa especial: Españoles por la historia

Desde la Cadena Ibérica nos llega este programa de Españoles por la historia, que se centra en el personaje del Cid. A partir del minuto 50 podréis disfrutar de una charla con nuestro autor de Cid Campeador, Eduardo Martínez Rico.



Podéis conseguir su libro en nuestra web por sólo 15,44 (envío gratis a la península) ¿A qué estás esperando?


martes, 3 de enero de 2017

LEIA / CARRIE FISHER EN EL ILLO TEMPORE





Trato de recuperar unos días después el impacto y la emoción que supuso para mí la muerte de Carrie Fisher, la que para tantos de nosotros será, para siempre, la Princesa Leia. No es la primera vez que siento muy cercana, muy mía, la muerte de alguien que no he conocido personalmente, pero al que, por ejemplo, he leído mucho o he visto, como en este caso, tanto en la pantalla. Me pasó, por ejemplo, hace años con el escritor Camilo José Cela.
La princesa Leia está en mi vida, en la de muchos que crecimos con ella, desde que se estrenó La guerra de las galaxias, luego Episodio IV, prácticamente cuando nací, hasta ahora, hasta el Episodio VII que pudo rodar perfectamente, e incluso, por lo que leo, el Episodio VIII, que llegó a completar.
De Carrie Fisher sé mucho menos que de la princesa Leia. Sé que no tuvo suerte en muchos aspectos, con el alcohol y las drogas, pero que fue escritora de éxito, y mucho antes que eso sufrió también un drama familiar, hija de famosos y famosa ella misma.
Pero sé sobre todo lo que he visto en La guerra de las galaxias, en su magnífica interpretación de la Princesa Leia, en cómo a mi modo de ver supo dar vida a una mujer moderna, muy de hoy, una mujer fuerte, independiente, pero al mismo tiempo muy amiga de sus amigos, enamorada de Han Solo y entregada a una causa, no sólo política, que encarna como nadie.
Leia representa la República, los rebeldes en las películas, es princesa, fue senadora, también llega a ser general, "la general", como aparece en el Episodio VII. Es guapa, pero no demasiado -a mí no me parece excesivamente guapa-, pero es valiente y tiene un carácter indomable. Sólo ella se atreve a enfrentarse a Darth Vader, en muchas ocasiones, y esto ya lo vemos desde el principio del Episodio IV, la primera película que vimos de La guerra de las galaxias.
No pudo imaginar que esa película, y la saga que vendría después, sería tan importante en el mundo y para el mundo, y que la convertiría en un icono para tanta gente. Para mí, más allá de eso, es una amiga a lo largo del tiempo, alguien que sólo puede suscitarme los mejores recuerdos y sensaciones. Pienso que algún día morirán otros actores maravillosos de La guerra de las galaxias, como lo haremos todos, pero que la saga siempre permanecerá eterna en su propio espacio, en su propio universo, que no es otro que el de nuestros sueños. George Lucas quería hacer un cuento de hadas para una generación que estaba creciendo sin ellos. Lo consiguió. Un cuento de hadas universal.
Ella fue la princesa que se enamora del pirata formando una pareja perfecta, la mujer batalladora, un pilar indestructible sobre el que construir una nueva galaxia. Parece que ha muerto, pero no lo ha hecho. Igual que los escritores nunca mueren, tampoco lo hacen los actores, fundidos en sus personajes, ya vueltos eternidad, porque viven, como quería Lucas, en nuestros cuentos de hadas modernos, ciertas películas, y éstas muy en especial, que son como sueños que ponemos en común con toda la comunidad -eso era un mito para Joseph Campbell-, sueños que tal vez también nos sueñan a nosotros.
La princesa Leia no nos abandonará jamás, y Carrie Fisher, por supuesto, tampoco. Las dos ya son heroínas para todos nosotros, amigas en el tiempo y en el espacio. Ellas viven ya siempre en el illo tempore de los grandes relatos.


Eduardo Martínez Rico

HOMENAJE A LEIA
FRAGMENTOS DE "LA GUERRA DE LAS GALAXIAS. EL MITO RENOVADO"
CAPÍTULO "PERSONAJES DE UNA SAGA"
Eduardo Martínez Rico


La mujer en La guerra de las galaxias, y Padmé-Leia.


Estamos ante unas películas en cierto modo misóginas, y muchos han censurado esto a Lucas, pero si son misóginas sólo lo son cuantitativamente. Hay pocas mujeres con papeles relevante, bueno, en general podemos decir que hay pocas mujeres... muy pocas. Por supuesto el papel que desempeñan es fundamental.
Padmé es algo así como un cataclismo, en todos los sentidos, en la vida de Anakin; es la madre de Luke y Leia, y en buena medida gracias a ella tenemos segunda trilogía. Lo que me extraña es que, si Lucas tenía en mente al realizar la segunda trilogía la historia de la primera, no la hiciera aparecer más en esos episodios, su recuerdo, quiero decir. Todo está bien atado, pero en este caso, con respecto a Padmé, las ligaduras tienen mucho más que ver, todo que ver, con la primera trilogía.
Que ahora recuerde, sólo se habla de ella, en El retorno del Jedi, cuando Leia va al encuentro de Luke, por la noche, en el poblado ewok de Endor, para interesarse por él y preguntarle por qué está tan solo. Luke medita sobre lo que está ocurriendo, habla con su hermana; es una conversación muy importante y muy emocional: Luke le dice a Leia que Darth Vader es su padre, suyo, de Luke, pero también de ella... Al principio Leia le dice que no puede entender sus extraños poderes, como si el mundo en que se moviera Luke estuviera más allá de su capacidad, pero al final acaba reconociendo que siempre lo ha sabido.
“La Fuerza es muy intensa en mi familia; lo es en mi padre, lo es en mí, y lo es...” Luke le está sugiriendo que es su hermana, y Leia se da cuenta de ello muy rápido. Es un diálogo trascendental en la saga; como suele ocurrir en estas películas, hay pocas palabras pero de extraordinaria intensidad y profundidad. Pueden parecer superficiales pero eso sólo es un espejismo de su propia profundidad, y esto no se entendería en otros contextos, pero en las situaciones de La guerra de las galaxias está claro.
Lucas rodea siempre sus escenas de un halo misterioso, potenciado por lo que ha ocurrido antes y lo que ocurrirá después, mucho movimiento, tensión, batallas... tan fuerte que cuando vienen estas escenas de reposo, aunque escasas y breves, el espectador las hace suyas con facilidad. Las imágenes serenas en La guerra de las galaxias suelen conllevar las más graves revelaciones; la historia se mueve en gran parte en torno a estas revelaciones.
Luke y Leia, por la noche, en el poblado ewok. Tal vez sea la primera vez que les veamos juntos, solos, hablando con tanta seriedad; es un momento de alta comunicación e intimidad. Ahí, en esa ocasión, hablan de su madre; los dos saben pocas cosas de ella, pero Leia recuerda que era muy guapa, “pero triste...” Esto debe de ser algo que le han contado, porque como sabemos Padmé muere en el parto. Leia se emociona, su voz suena más suave y delicada que nunca... y es verdad que en el Episodio III el rostro de Padmé siempre es triste, tenso, lleno de agobio. Es el reflejo de Anakin, del camino que está realizando, y además es el espejo de la situación política que vive.
Esa frase sublime, que llegará más tarde, cuando el Canciller declara el Primer Imperio Galáctico, y a los Jedis perseguidos...,  y todos en el senado aplauden; Padmé exclama, con una cara que lo dice todo, con una seriedad y una impotencia que aquí se cubren de majestad y autoridad: “Así muere la libertad, con un estruendoso aplauso.”


Una comunicación maravillosa



Ya hemos señalado muchas veces las virtudes narrativas de Lucas, y en esas virtudes entra todo: lo puramente cinematográfico, el sonido, los efectos especiales, la forma de elegir y disponer el material narrativo, el uso de las palabras, la selección de las palabras mismas, el diseño de los personajes...
Uno de esos aciertos, pensamos ahora, ante este diálogo entre Luke y Leia que adquiere pleno sentido a la luz de la primera trilogía, es esto precisamente: cuando vemos la segunda trilogía, la primera se revaloriza; cuando vemos la primera, la segunda se revaloriza a su vez. Están separadas por más de veinte años, la tecnología es distinta, los actores también, incluso la forma que tiene Lucas de resolver muchos problemas... pero hay una comunicación maravillosa entre las dos, la una remite a  la otra, y no hay un orden específico en esa comunicación; todo se convierte en una sinfonía en la que todos los instrumentos se responden a sí mismos. El placer es grande cuando vamos avanzando por esta historia, y cuando la hemos visto entera, cuando atamos todos los cabos que están sueltos, que son muchos, unos más importantes que otros.
Y todo esto incluye también sus defectos, porque los defectos también son importantes, también colaboran.


En oposición a como opera la Naturaleza



Leia y Padmé se parecen mucho... se parecen tanto que está claro que Lucas ha querido construir el personaje de la madre a partir del de la hija. Es la manera más convincente, y quizá la única, de diseñar ese personaje y que resulte verosímil, pero hay que hacerlo bien, y Lucas lo ha hecho muy bien. Lo curioso es que nuestro creador ha operado de la manera inversa a como opera la Naturaleza: el hijo se hace a partir del padre y de la madre.
Algo parecido se podría decir de Anakin y Luke, aunque tal vez de forma no tan marcada; en algunas actuaciones de Leia, en algunos gestos, en la propia misión que tiene dentro de la Alianza, en muchas cosas... vemos después –que es “antes”- a Padmé. Lucas ha creado a la madre a partir de la hija.
Las dos son hermosas, no en vano soportan todo el elemento erótico de la saga. Padmé posee en el Episodio I una belleza adolescente muy fuerte, y esa belleza estalla en mujer en el Episodio II, el episodio romántico de la saga: “Es la primera película romántica de mi carrera”, dirá Lucas, aunque ya hemos visto que toda la serie puede calificarse, a su modo, de gran película romántica.
En el Episodio III, que es el más trágico de todos, el más hondo en muchos aspectos, la belleza de Padmé se vuelve sombría, como se hace sombrío el rostro y el carácter de Anakin, cada vez más, pero antes de esto hemos atravesado un largo proceso. Si Leia aparece medio desnuda al principio de El retorno del Jedi, prisionera de Jaba el Hutt, con un biquini dorado y metálico de reminiscencias orientales, Padmé, en el Episodio II llevará unos pantalones ceñidos a las caderas, y un jersey también ajustado que dejará ver su vientre, marcando exageradamente los pechos. Esto ha sido muy criticado, pero yo creo que esas críticas son infundadas; son mujeres, son heroínas, y son bellezas. Lucas no escoge a Natalie Portman y a Carrie Fisher así por así, las elige por muchas razones, entre ellas por ser hermosas, de una hermosura muy determinada.
Son bellezas suaves, pero su marcada personalidad las puede mostrar terribles si es preciso. Cuando el director cree que hay que acentuar esa belleza lo hace, y las escenas en que lo hace no están sujetas al azar. En este aspecto Padmé y Leia nos recuerdan a las heroínas de los cómics, heroínas por ellas mismas, no meras comparsas de los hombres.
Seguramente en todo esto pensaba el poeta y filólogo Luis Alberto de Cuenca (2001, 189) cuando escribió su emocionante homenaje a Leia:


Si sólo fuera porque a todas horas
Tu cerebro se funde con el mío;
Si sólo fuera porque mi vacío
Lo llenas con tus naves invasoras.


Si sólo fuera porque me enamoras
A golpe de sonámbulo extravío;
Si sólo fuera porque en ti confío,
Princesa de galácticas auroras.


Si sólo fuera porque tú me quieres
Y yo te quiero a ti, y en nada creo
Que no sea el amor con que me hieres...


Pero es que hay, además, esa mirada
Con que premian tus ojos mi deseo,
Y tu cuerpo de reina esclavizada.


La acción, la política, la diplomacia


Sí, mujeres guapas, eróticas, pero además son mujeres de acción, ambas, mujeres luchadoras... y políticas. Se les ve empuñar armas en todas las películas, y son mujeres inteligentes, valiosas, fiables; han dedicado su vida a una causa, una causa que ellas entienden que está por encima de cualquier cosa o cualquier ser.
El amor, esa otra gran aventura, se les cruza en su camino mientras están desempañando esa misión más amplia, aunque al final ya no se sabe qué es más importante, por lo menos en el caso de Padmé. Esos dos grandes bloques que continuamente se cruzan en La guerra de las galaxias, lo general y lo particular, lo político y lo íntimo, por citar algunos de sus nombres, muchas veces intercambian su preponderancia, luchan unos contra otros, y uno de ellos acaba condicionando al otro.
Toda una República galáctica verá cómo se resienten sus cimientos hasta caer por el amor entre un hombre y una mujer, Anakin y Padmé, dos personajes míticos, una Reina que luego será senadora -el sistema electivo y el reinado durante unos años rigen en Naboo-, y un caballero Jedi, una especie de guerrero místico que debería estar al margen de la mayoría de las pasiones de los hombres. Un hombre y una mujer.
Si algo enseña La guerra de las galaxias, y la Historia lo corrobora, con todo el poder y la influencia de la colectividad -en la saga también hay grandes esfuerzos colectivos-, es que un solo hombre, una mujer, o la unión de ambos, puede producir cambios sociales, políticos, económicos, religiosos... de incalculables consecuencias. Ciertas personas son cabezas de multitudes, movimientos globales, revoluciones.
Además estas mujeres, Padmé y Leia, están volcadas en lo social y lo político. Su destino es la lucha, el pueblo y el amor, y todo ello acaba fusionado, confundido y al final dilucidado; les encomiendan misiones importantes de orden diplomático. Leia realizará en la segunda trilogía funciones muy parecidas a las que realiza Padmé en la primera. Y son mujeres de carácter, un carácter que a menudo lo muestran con los hombres de los que se enamoran: Padmé con Anakin, a quien responde y arrebata su autoridad en el Episodio II, y Leia con Han Solo, un “pirata” que se convertirá en héroe, en la segunda trilogía. Durante algún tiempo las dos mantienen una especie de relación amor-odio con sus futuros novios o maridos.

El carácter de Leia, su fortaleza, se ve sobre todo en la manera que tiene de enfrentarse a Darth Vader; no siente hacia él ningún temor, o lo disimula muy bien, le mira a los ojos, le responde con valor y le pide explicaciones cuando asalta su nave diplomática en el Episodio IV: “Darth Vader, sólo tú podrías atreverte a asaltar una nave en misión diplomática.” También encara duramente al gobernador de la Estrella de la Muerte, Tarkin, en ese mismo episodio. En Padmé su planeta Naboo confía ciegamente y la hace, como ya sabemos, primero Reina y después senadora en Coruscant, al igual que Leia representará dicho cargo en la segunda trilogía.


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viernes, 13 de mayo de 2016

El sentido de la poesía



Tribuna para El Norte de Castilla








Poco a poco hemos construido, sobre lo ya dado, una realidad enormemente complicada; muchas veces lo pienso, ante los sucesos cotidianos de la vida, sucesos que me superan y que manifiestan mi pequeña condición. Tal vez ahí, entre otros momentos, interviene la poesía, y en sentido amplio, por supuesto, la literatura. Por una parte la poesía es bálsamo ante la dureza de la vida, por otra se alimenta de esa misma vida, y de esa misma dureza, para existir y desarrollarse, para expandirse, dentro de nosotros mismos, en nuestra alma, en la realidad, en nuestra interacción con ella.


La poesía interviene en la mirada, naturalmente, del poeta, y educa la mirada de sus lectores, poetas implícitos, aunque no escriban, porque se puede hacer poesía sin escribirla. La poesía lee el mundo de otra manera, y eso siempre ha sido así, no sólo en el mundo de hoy. Lo lee de diferente manera y lo expresa de distinta manera: hay una poesía, digamos, receptora, y otra emisora, las dos creadoras. La poesía es benefactora del ser humano en cuanto mejora al hombre pero también mejora el mundo, de forma directa e indirecta, a través de la acción de la persona y de la propia visión que esa persona arroja del mundo.


Parece un juego de palabras, cuando lo es también de realidades. La poesía crea y transforma, ahora no sólo en el papel, pero también en la propia realidad. Lo que vemos y sentimos de forma bella, profunda, distinta, sentida, poética acaba condicionando nuestra vida y nuestro espíritu. El arte flota en el aire, como una atmósfera: el artista lo percibe y percibiéndolo hace el ejercicio de expresarlo en otro lenguaje, que se funda con el primero, el puramente artístico, que es universal. Tal vez escribamos los poemas que ya existían en la realidad, confundidos con los seres y las cosas, pero que sólo al escribirlos conseguimos que se manifiesten, como fantasmas bienhechores, de tal modo que todos podamos verlos y disfrutarlos.


La pregunta, una de ellas, es cómo es nuestro mundo: ¿siempre ha sido así? Tan complicado, tan convulso, tan peligroso. Estamos rodeados de problemas; nuestra sociedad es más o menos confortable, aunque la muy fuerte crisis económica la ha golpeado poderosamente, pero aún así los enemigos nos rodean, la falta de dinero, de trabajo… precariedad es una palabra que puede definir lo que hemos vivido estos años, lo que parece que ya se está solucionando ahora.


Vuelvo a la idea anterior. A mi modo de ver la poesía, como el arte, del que forma parte o por lo menos forman la misma familia, no está sólo en el papel o en los infinitos soportes que tenemos hoy. No, eso es la manifestación de la poesía, la plasmación, la desenvoltura gráfica, literaria, de la poesía. Pero a mi modo de ver la poesía está en el mundo y en la forma que tenemos de mirarlo, de tocarlo, sentirlo, actuar en él y con él. La poesía, creo yo, no está sólo en la belleza, está también en cómo tratamos esa belleza, en cómo la recibimos y en qué hacemos con ella. Pero no sólo es belleza, es mucho más que eso, aunque la forma de expresarse resulte al final en algún tipo de belleza, porque también está en su contrario, en la fealdad, en lo negativo –antes hablaba de la dureza de la vida-, también está ahí, pero lo sublima. La muerte, que no consideramos precisamente como algo bello, o bueno, es uno de los grandes motores de la poesía y de la literatura.


La poesía es un juego también, una interacción, un revelado de lo mejor de nosotros mismos, algo en lo que intervienen muchos elementos. El poeta es el ser que capta algo especial, algo no vetado a las personas “normales”, pero que él ve, sí, siente, con extraordinaria intensidad y es capaz de formar en palabras, expresarlo. ¿Cómo lo hace? Con una facilidad, sin duda, según los casos, pero también con el desvelo de una técnica, el aprendizaje en los poetas que lo precedieron. Y un aprendizaje del mundo, de la visión, sentimiento y vivencia del mundo, en lo bueno y en lo malo, como un ser vivo entre los seres vivos, entremezclándose con la vida, como pedía Hemingway.


Pero el poema es muchas cosas, es contenido y es forma, parte lo recibe el poeta del exterior, parte lo cultiva en su interior. El poeta, además, sabe que no siempre acierta y que el gusto de los lectores no tiene por qué coincidir con su desvelo, que unas veces el fruto de su pericia es mejor y otras peor, aunque es probable que se deje guiar mucho por el gusto de esos lectores, ya que sospecha que la poesía cuando es realmente buena tiene una gran capacidad de llegar a los otros.


Tal vez el mundo siempre ha sido como es ahora, con diferentes medios tecnológicos, menos avanzado en ciertos aspectos, mejor o peor. ¿Cómo saberlo? Tal vez. Siempre, que yo sepa, se hizo poesía, una cierta forma de poesía. La poesía, decía José Hierro, dice más de lo que dice. Hoy más que nunca, nunca que quizá sea siempre, es necesaria la poesía. Por la propia supervivencia del poeta, que escribe por necesidad, mucho más que por vanidad, y por el bien de los que la leen. La poesía limpia el mundo, extrae lo mejor de él y se lo brinda a los seres humanos. Es obra, pues, muy humana, bienhechora, prometeica. Donde lata el corazón humano allí habrá poesía, también en medio de tempestades. Yo, que pienso que las crisis como la presente son terribles, creo que en lo literario pueden ser grandiosas.








Eduardo Martínez Rico


Escritor y Dr. en Filología











Publicado en El Norte de Castilla el día 9 de marzo de 2015


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martes, 19 de abril de 2016

MITOS, PREGUNTA Y RESPUESTA



Tribuna para El Norte de Castilla




Empecé a interesarme por los mitos sobre todo a raíz de un libro que escribí sobre La guerra de las galaxias, películas a las que dediqué hace poco una tribuna. Bien, los mitos y los cuentos de hadas son el trasfondo de estas películas, llamadas “el mito renovado” por el gran mitólogo Joseph Campbell, y de muchas otras películas, de muchas otras historias. Posiblemente el mito sea la historia con mayúsculas, por antonomasia. Todo depende de la trascendencia que tenga, o que le demos a esa historia. Y es que “mito” significa “relato”, “cuento”, y su periplo por nuestro devenir, nuestro ser, lo que sabemos de nosotros mismos es muy grande, complejo, fascinante.
Carl Gustav Jung relacionó los mitos con lo que él llamaba “arquetipos”, presentes en todos nosotros, artífices del inconsciente colectivo. De estos arquetipos, palabra que etimológicamente procede de “fuente”, “origen”, manaban los mitos. Los mitos son el origen de todas las historias, de las reales y de las inventadas, de lo que somos y de lo que queremos ser. Gracias a los mitos –los mitos, según Campbell, o son “modelos” o no son nada- conseguimos realizar hazañas esplendorosas, fuera de nuestro alcance si no fuera por ellos. Relacionan nuestra vida interior y la exterior, y son una muestra de que la especie humana está mucho más unida de lo que a veces parece. El héroe de las mil caras, de Campbell, libro que cambió la vida a George Lucas, creador de La guerra de las galaxias y de muchas otras películas y producciones, ese libro muestra al lector cómo en muy diferentes partes del mundo, en muy diferentes culturas, el hombre utiliza patrones similares para responder a sus grandes incógnitas. Porque, como recuerda Jung, el hombre primitivo recurre a los mitos no para que le digan lo que ya sabe, sino lo que no sabe, y a menudo lo que le atemoriza, y lo hace en forma de relatos. Finalmente, el hombre primitivo, el hombre, crea mitos porque los necesita.
Lo curioso es que esos mitos pueden tener un origen real. Es decir, unos mitos alimentan a otros mitos, como de hecho ocurre, por ejemplo, con Alejandro Magno, gran admirador del héroe Aquiles –dormía, nos cuenta Borges, con la Ilíada y un puñal debajo de la almohada-, que inspirándose una y otra vez en él consigue superarlo y atravesar, él mismo, su propio proceso mitificador. Personajes reales pasan a la leyenda oral, o a la tradición escrita, o antes o después a la Historia –la Historia puede ser mitificadora… y es un “relato”-, y hoy al cine, por ejemplo, y a todos los modernos dispositivos que vamos creando.
El caso del Cid lo conozco un poco porque escribí una novela basada en él. Muchos niegan hoy su existencia real. Ramón Menéndez Pidal se esforzó por darle esa encarnadura histórica, La España del Cid, maravilloso libro. Pero el Cid vivió en los romances, en el Cantar de Mío Cid, y en esta obra fue utilizado por motivos políticos. Ya era raro que sobreviviera a la Historia porque lo normal es que ésta, en su tiempo, sólo se ocupara de los grandes personajes, prácticamente sólo de los reyes. El caso del Rey Arturo me recuerda al del Cid, aunque su historicidad parece mucho más difícil. Pero su mito flota y se elabora también en la literatura, como el de Alejandro en su tiempo. Ya tenemos hoy problemas, leyendo libros y artículos para saber cómo es un personaje real, contemporáneo, un personaje, digamos, destacado, imagínense ustedes cuando ha pasado un milenio, o varios, entre ellos y nosotros. El hombre se convierte en personaje, el personaje en héroe, de muy diferentes tipos, y el héroe en mito. Pienso que precisamente esas distancias temporales son las que aprovecha el mito para reforzarse, para afianzarse en torno a un personaje, una historia, un fenómeno, etc.
Una relación muy interesante, clave, es la que une al chamán con el mundo del mito. El chamán, en culturas primitivas, era el que tenía el don de contactar con los muertos, de sanar a los enfermos, de realizar conductas milagrosas. También de crear historias, historias que vienen de ese gran limo de la mitología, con la que conecta, para producir sus propios mitos, relatos que impactarán en los oyentes, que los visualizarán y que cambiarán su conducta. Robert Walter nos dice que un cuento bien hecho, pero un cuento normal, encanta, nos encanta, dice, pero no entra en lo más profundo de nosotros ni cambia nuestras conductas. El mito sí. Los mitos se mueven del mundo exterior al interior. Alimentan a los privilegiados que saben captarlo, privilegiados que a su vez elaboran con esta inspiración y su don, digamos, sus propios mitos, historias, relatos, modelos, que condicionarán a su vez a otras personas. Hoy esos chamanes recuerdan poderosamente a los escritores y artistas, especialmente diría a los escritores –una forma de artistas-, tal vez porque los conozco mucho mejor. Campbell, maravillosa frase, decía que el mito era el sueño despersonalizado, mientras que el sueño era el mito personalizado. Aquí vemos, perfectamente explicado y sintetizado, ese recorrido, comunicación permanente entre el mundo personal y el de toda una especie. Pues todas nuestras historias nos cuentan a nosotros mismos, lo que sabemos y lo que no sabemos, que los mitos desvelan o ayudan a saber. Los mitos también son acción, nuestra, porque animan a actuar, y me gusta visualizarlo.

Eduardo Martínez Rico

Escritor y periodista




Publicado en El Norte de Castilla el 20 de noviembre de 2014










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