jueves, 21 de enero de 2016
martes, 22 de diciembre de 2015
ANTE LA GUERRA DE LAS GALAXIAS, EPISODIO VII
Tribuna para El Norte de Castilla
El éxito de la saga de La guerra de las galaxias ha sido tan grande que casi parece que la palabra “éxito” se le queda pequeña. Es más bien un fenómeno difícil de definir o limitar pues afecta a todo el mundo, seguramente a millones de personas. Yo soy una más de ellas, con la diferencia, quizá, de que las he estudiado con cuidado, y con mucho placer, durante años. Pero reconozco que hay mucha gente que sabe de La guerra de las galaxias, por esa misma razón, porque es grande el placer que reciben de ella, y porque de algún modo la consideran importante en sus vidas. Pero ¿qué hay detrás de La guerra de las galaxias?, ¿qué hace diferentes a estas películas?
Yo creo que una de las claves está en su concepción, en cómo George Lucas las creó, con mucho esfuerzo, un lápiz y un bloc de hojas de papel, documentándose durante horas por las tardes, estudiando sobre mitos, cuentos de hadas, historias de ciencia-ficción, y escribiendo por las mañanas lo que había asimilado en esas lecturas.
Lucas declaró que se había dado cuenta de que los niños estaban creciendo sin cuentos de hadas, y decidió hacer su propio cuento de hadas, su propio mito. Ahí puso todo su talento, su inteligencia, toda la documentación lograda en esas sesiones maratonianas y el interés y la curiosidad que le habían llevado, hacía años, a estudiar escritura creativa, interesarse por materias del tipo de la Antropología o la Mitología, o matricularse finalmente en la Universidad de Cine de California.
Al principio, en esas sesiones de escritura de varias horas, Lucas lo hizo conscientemente, buscando contar la historia que quería contar, pero se dio cuenta de que no funcionaba; entonces probó a hacerlo de una forma próxima a la escritura automática, es decir, dejando que todo lo que había leído sobre las materias que tanto le interesaban formara por sí mismo esa historia. Acertó.
Y así estas películas se ven a un nivel onírico, como si fueran un sueño. Ya Irvin Kershner, el magnífico director del Episodio V, El Imperio contraataca, para muchos el mejor de la serie, dijo que La guerra de las galaxias funcionaba a ese nivel onírico, precisamente el nivel de los sueños, y así explicaba su éxito.
No en vano es un mito, “el mito renovado”, como dijo el mitólogo Joseph Campbell cuando vio el Episodio IV, la primera película rodada, en el Rancho Skywalker, y el mito, según este sabio, es el sueño despersonalizado, mientras que el sueño es el mito personalizado. Vemos pues La guerra de las galaxias como un sueño compartido, como algo que seguramente conecta con el inconsciente colectivo, con los arquetipos o fuentes de las que manan todas las historias; no olvidemos que “mito” significa “historia”, “narración”.
Lucas, trabajando en los materiales de hoy y de siempre y dejando hablar a su propio subconsciente, había conectado con el mito, con ese sueño despersonalizado, con un cuento de hadas que está contado en el pasado “Hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana”, una renovación del “Érase una vez…” propio de esos cuentos, y que en realidad tiene lugar en un tiempo indeterminado, prestigioso, muy propicio a los grandes héroes y a los grandes hechos. Quizá también La guerra de las galaxias nos afecte tanto, nos agrade tanto, porque vivimos en un mundo lleno de avances tecnológicos pero muy poco dado a heroísmos, por lo menos como los que poblaban las historias del pasado.
Estas películas precisamente logran el difícil cruce de lo tradicional y lo tecnológico, lo antiguo y lo moderno, como se ve en la propia configuración de los personajes –Han Solo, vaquero del espacio, Jedis, revitalización de los samuráis… por ejemplo-, o en los planetas, las naves, los paisajes, como una constante de estas películas. Lucas mezcla una modernísima ciencia-ficción, plena de efectos especiales que en su momento fueron muy impactantes, con materiales narrativos que venían prácticamente de ese illo tempore, “aquel tiempo” mágico, de las grandes historias míticas.
En realidad, lo que parece que había conseguido George Lucas era una historia de historias, una historia con los elementos arquetípicos de todas las historias, un relato que, por ejemplo, contaba la “aventura del héroe”, que tan bien explicó Campbell en El héroe de las mil caras, cómo alguien recibía la llamada de la aventura y se enfrentaba a un número determinado de pruebas, era ayudado por unos personajes mientras que otros le obstaculizaban su acción, hasta que se hacía con un objeto mágico, que podía ser simbólico, como la sabiduría o un conocimiento especial, y regresaba a su tierra para hacer partícipe de su hallazgo o logro a toda la comunidad.
El primer episodio que vimos, La guerra de las galaxias. Episodio IV. Una nueva esperanza, se estrenó en 1977. Yo nací en 1976. A muchos estas películas nos han acompañado toda la vida, entre la diversión, la pasión o la intriga. Ahora estamos ante el Episodio VII, El despertar de la Fuerza. En unos momentos La guerra de las galaxias nos ha dicho unas cosas y en otros otras. Ha crecido con muchos de nosotros. Yo escribí mi libro El mito renovado profundizando en una serie de intuiciones que habían tenido lugar a lo largo de muchos años. ¿Por qué podíamos ver estas películas una y otra vez sin cansarnos? La respuesta está en ellas y en nosotros mismos, en nuestra historia y en nuestra cultura.
Eduardo Martínez Rico
Escritor y Doctor en Filología
Publicado en El Norte de Castilla el 18-XII-2015
miércoles, 9 de diciembre de 2015
FERNANDO EL CATÓLICO, EL REY OLVIDADO
Tribuna para El Norte de Castilla
Fernando el Católico es un personaje que me parece profundamente atractivo, más atractivo que simpático, pues también tiene un perfil duro, y puede que ese perfil atrajera a Maquiavelo, que vio en él a un gran político, a un “príncipe nuevo”, modelo de príncipe y prototipo de los reyes de su tiempo. Hace unos años escribí una novela histórica sobre él, ahora publicada, fruto de la admiración y el gran interés que siento por el rey Fernando. La novela se llama Fernando el Católico. El destino del rey, y es por ella que me encuentro con que me resulta difícil distinguir, dentro de la historia del rey, la Historia de la ficción.
En 2006 leí para hacer trabajos periodísticos La mirada del poder, de Pedro González-Trevijano, estupendo libro que ofrecía las semblanzas de los diez personajes más importantes del segundo milenio, a juicio del autor, y un estudio de las representaciones que les hicieron, sobre todo pictóricas. Entre los personajes estaba Fernando, que fue el que más me llamó la atención. La mirada del poder es un ensayo artístico pero también político, pues muestra cómo se ha utilizado el arte al servicio de la política, de la Historia, de la posteridad.
Mientras leía y estudiaba para escribir mi novela me iba dando cuenta de lo olvidado que estaba este rey, si lo comparamos con su mujer, Isabel, de la importancia que tuvo. Por lo visto la historiografía de la época de los Austrias –Gracián le dedicó una obra llamada El político Don Fernando el Católico- fue muy positiva con él, pero la historiografía romántica enalteció a Isabel por encima de Fernando. Yo no tengo nada en contra de Isabel, que sin duda fue una grandísima reina. De hecho, hoy en día muchos los consideran los mejores reyes de la Historia de España, y de Fernando cada vez se oye más decir que es nuestro mejor rey.
¿Cuáles son las notas más llamativas de Fernando II de Aragón y V de Castilla, llamado “el Católico” por Alejandro VI, el papa Borgia? Por un lado su destreza política, lo que le hizo famoso en toda Europa, por otro, me temo, su talante mujeriego. Ésas son las notas más populares, sobre todo la segunda, pues se le suele presentar como un gran mujeriego, característica que comparte con otros reyes, como Carlos V y Felipe II, sobre todo en ciertas épocas de su vida.
Así lo vi yo en mi novela y así parece que le han visto muchos –Fernando Vizcaíno Casas escribió un libro sobre las mujeres del Rey Católico-, y eso que los historiadores –estoy pensando en Luis Suárez- dicen del aspecto femenino que Fernando debió de ser muy discreto en el tema de sus relaciones sexuales porque no hemos encontrado testimonios.
Puedo decir de él, de los dos reyes, que su boda fue política, pero que nació el amor entre ellos, y que Hernando del Pulgar, cronista de la corte y dueño de una gran prosa –a Raúl del Pozo le gusta mucho-, destacaba cómo reinaba entre ellos la armonía, y cómo el privado del rey era la reina y el privado de la reina era el rey.
Me llamó mucho la atención cuando leía sobre Fernando el Católico la existencia de una “leyenda” según la cual un cometa presidió su nacimiento, y cómo una monja del Barco de Ávila predijo cómo iba a surgir un gran príncipe. El nacimiento de Fernando y su vida se vio rodeado siempre de un halo mesiánico, halo que señalan algunos historiadores pero no todos. Pedro González-Trevijano sí que lo señalaba en La mirada del poder, y eso también me atrajo, pues me debió de parecer muy novelesco.
En enero de 2016 se cumple el quinto centenario de su muerte, y hoy quería hablar un poco de este rey que me parece tan importante y que creo que está bastante olvidado, o no justamente valorado. En su época se le consideraba el mejor político de Europa y era realmente famoso. Maquiavelo decía que las “grandes empresas” y las “acciones raras y maravillosas” eran lo que más aumentaba el prestigio de los príncipes, y de ésas él, junto a su mujer Isabel, tuvo muchas. Le dieron enorme prestigio la guerra de Sucesión de Castilla, la guerra de Granada y el Descubrimiento de América, entre otras hazañas. Con él y con Isabel se puede considerar que nace España, y aunque a ella se le llamaba Reina de Castilla y a él Rey de Aragón, compartiendo poderes en una estructura complicada, en el extranjero se les llamaba “reyes de España”.
Sí, no distingo bien lo histórico, lo que realmente sucedió, de lo que inventé, pues ya sólo al narrar se inventa, ya sólo al crear diálogos estás inventando pues no sabemos lo que se dijo en tal o cual ocasión. Pero tengo claro el aire de la época y del personaje, su personalidad; y lo mismo me ocurre con Isabel. González-Trevijano decía en su libro que se imaginaba al rey Católico como un jugador de ajedrez; creo que yo lo puse en escena así. Un hombre con gran don de gentes, con la “comunicación amigable”, que decía Hernando del Pulgar, inteligentísimo, más partidario de las palabras que de las armas. Gran estratega. Yo puse el foco en Fernando pero Isabel también fue extraordinaria. Estudiándolos, y aun comprendiendo que la Historia tiene sus tiempos y que a ellos les tocó uno bien determinado, quizá muy propicio, uno tiene la sensación de que tenían que ser ellos, como ellos, los que realizaran lo que realizaron, la creación de un nuevo país, o el salto a una nueva dimensión de país. Con sus defectos, como todos los mortales.
Eduardo Martínez Rico
Escritor y Dr. en Filología
Publicado en El Norte de Castilla el 14 de abril de 2015.
jueves, 3 de diciembre de 2015
EN COMPAÑÍA DEL CID
Tribuna para El Norte de Castilla
No quiero hacer un artículo lleno de nombres y de fechas. Llevo tratando muchos años al Cid, desde niño; he escrito una novela sobre él y muchos artículos, y ahora encuentro que es como si escribiera sobre el personaje por primera vez. Apenas sé por dónde empezar.
Me acuerdo de que cuando lo leí tanto y escribí tanto sobre él, me llevé la sorpresa de que no era tan conocido como era de esperar. Me acuerdo de que hablé con José Luis Olaizola, autor de varias obras sobre el Cid, y los dos habíamos llegado a la misma conclusión: los españoles no conocían al Cid. Está considerado nuestro héroe nacional, pero mi experiencia es que se conocen dos o tres anécdotas del personaje, que suelen ser falsas, o legendarias, y casi no se conoce nada más.
Lo cierto es que el Cantar de mio Cid es una obra muy difícil de leer. Celebrada por los críticos como una obra maestra, la primera obra maestra de nuestra literatura, o al menos un libro fundacional. Creo que los lectores españoles se han ido acercando al personaje gracias a la película de Anthony Mann sobre el Cid, con Charlton Heston y Sofía Loren, magnífica en mi opinión, y a otras películas o series de televisión, como Ruy, pequeño Cid, que fue clave para que yo entrara en contacto con el personaje.
Aparte de esto, sí se ha escrito mucho sobre el Cid. Digamos que la esencia mítica y legendaria está en esas obras, o en la mayoría de ellas, los elementos cidianos. Es decir, se puede conocer el Cid a través de muchos caminos, y esto es maravilloso.
Desde los poemas de Manuel y Antonio Machado, Anillos para una dama de Antonio Gala, El Cid, el último héroe, por ejemplo, de Olaizola, romances… El Cid, desde que cabalgó en el siglo XI ha vivido y vive en la literatura. Eso sí, yo recomiendo al que le apetezca embarcarse de verdad en la aventura del Cid que lea La España del Cid, de Menéndez Pidal, una obra histórica y filológica, pero tan apasionante como la mejor novela. Ahí está el Cid, su peripecia, la propia aventura de Menéndez Pidal y, si usted es aficionado al Cid, también su propia aventura. Así fue la mía cuando leí ese portentoso libro, y así ha sido cuando lo he revisado para escribir este artículo.
Me da la impresión de que los autores que hemos estudiado, cantado o fabulado sobre el Cid, desde el escritor, o escritores, del Cantar, hasta Corneille, o Guillén de Castro, o Corral Lafuente, o tantos otros, formamos una gran familia, la gran familia del Cid, unidos fuertemente, muy conectados, como se diría hoy, al personaje, y a través de él, y él a través de nosotros, en gran comunicación con los lectores, con el público que nos ha tocado en cada momento, nuestra sociedad.
Sería interesante hacer un estudio –es posible que lo haya- sobre cómo ha ido cambiando el Cid con el tiempo, cómo ha ido cambiando a través de las obras que se han escrito sobre él. Desde luego, y aquí hablo en primera persona, mi novela Cid Campeador guarda en común, creo yo, esas esencias míticas, legendarias y cidianas con el Cantar de mio Cid, pero como literatura, y como género literario, son muy diferentes.
Seguramente hay una diferencia ya muy inmediata, una influencia que yo veo que está muy presente en mí cuando escribo mis novelas, y que no estaba en el Cantar: el cine. Aunque el Cantar, al que le falta una parte al principio, empieza paradójicamente muy cinematográfico: “De sus ojos tan fuertemente llorando…”
El cine antes del cine. No en vano el cine es una narrativa como la literatura, y puede tener el componente de ficción o no tenerlo. Menéndez Pidal, que estimaba que en la poesía primitiva española había mucho de veracidad, y que estos poetas eran muy cronistas, consideraba que el Cantar de mio Cid tenía mucho de histórico. Y él lo conocía excelentemente. Es probable que el Cantar respetara una verdad original, tuviera un respeto a los hechos y utilizara procedimientos poéticos, artísticos, entre ellos también la ficción.
El autor del Cantar, que se estima que fue escrito muy próximo a los hechos que narra –el Cid murió en 1.099-, una obra en cualquier caso muy antigua, venerable, es muy moderno en algunos de sus procedimientos, por ejemplo a la hora de sintetizar en uno los dos destierros del Cid, para lograr, según Menéndez Pidal, mayor tensión dramática. Aquellos escritores, entre la juglaría y la literatura culta, eran narradores y sabían cómo lograr los efectos que buscaban, conocían a qué público se dirigían, etc. Eran profesionales a su manera, y de su época.
Pero ¿por qué el Cid ha atravesado todas las épocas? ¿Dónde reside el éxito del Cid para derrotar al tiempo? Quizá sea una pregunta muy ambiciosa y requiera una respuesta muy amplia y meditada, una respuesta que contenga muchas respuestas. El Cid, que ha tenido sus detractores –muy famoso el holandés Dozy, al que Menéndez Pidal quiso refutar en su España del Cid-, era un gran soldado, tuvo problemas con su rey Alfonso VI, fue desterrado dos veces, luchó al servicio de los moros para ganarse el pan, pero sin enfrentarse con su rey, y fue el único que supo parar a los almorávides, la gran amenaza de la época, de España y de Europa. Creo que la respuesta requiere todos estos datos, y algunos más, pero es muy importante el último. Además, el Cid toma Valencia y cuando le ofrecen ser rey renuncia a esta corona y reconoce como señor a Alfonso VI.
Eduardo Martínez Rico
Escritor y Dr. en Filología
Publicado en El Norte de Castilla el 27 de agosto de 2015.
No quiero hacer un artículo lleno de nombres y de fechas. Llevo tratando muchos años al Cid, desde niño; he escrito una novela sobre él y muchos artículos, y ahora encuentro que es como si escribiera sobre el personaje por primera vez. Apenas sé por dónde empezar.
Me acuerdo de que cuando lo leí tanto y escribí tanto sobre él, me llevé la sorpresa de que no era tan conocido como era de esperar. Me acuerdo de que hablé con José Luis Olaizola, autor de varias obras sobre el Cid, y los dos habíamos llegado a la misma conclusión: los españoles no conocían al Cid. Está considerado nuestro héroe nacional, pero mi experiencia es que se conocen dos o tres anécdotas del personaje, que suelen ser falsas, o legendarias, y casi no se conoce nada más.
Lo cierto es que el Cantar de mio Cid es una obra muy difícil de leer. Celebrada por los críticos como una obra maestra, la primera obra maestra de nuestra literatura, o al menos un libro fundacional. Creo que los lectores españoles se han ido acercando al personaje gracias a la película de Anthony Mann sobre el Cid, con Charlton Heston y Sofía Loren, magnífica en mi opinión, y a otras películas o series de televisión, como Ruy, pequeño Cid, que fue clave para que yo entrara en contacto con el personaje.
Aparte de esto, sí se ha escrito mucho sobre el Cid. Digamos que la esencia mítica y legendaria está en esas obras, o en la mayoría de ellas, los elementos cidianos. Es decir, se puede conocer el Cid a través de muchos caminos, y esto es maravilloso.
Desde los poemas de Manuel y Antonio Machado, Anillos para una dama de Antonio Gala, El Cid, el último héroe, por ejemplo, de Olaizola, romances… El Cid, desde que cabalgó en el siglo XI ha vivido y vive en la literatura. Eso sí, yo recomiendo al que le apetezca embarcarse de verdad en la aventura del Cid que lea La España del Cid, de Menéndez Pidal, una obra histórica y filológica, pero tan apasionante como la mejor novela. Ahí está el Cid, su peripecia, la propia aventura de Menéndez Pidal y, si usted es aficionado al Cid, también su propia aventura. Así fue la mía cuando leí ese portentoso libro, y así ha sido cuando lo he revisado para escribir este artículo.
Me da la impresión de que los autores que hemos estudiado, cantado o fabulado sobre el Cid, desde el escritor, o escritores, del Cantar, hasta Corneille, o Guillén de Castro, o Corral Lafuente, o tantos otros, formamos una gran familia, la gran familia del Cid, unidos fuertemente, muy conectados, como se diría hoy, al personaje, y a través de él, y él a través de nosotros, en gran comunicación con los lectores, con el público que nos ha tocado en cada momento, nuestra sociedad.
Sería interesante hacer un estudio –es posible que lo haya- sobre cómo ha ido cambiando el Cid con el tiempo, cómo ha ido cambiando a través de las obras que se han escrito sobre él. Desde luego, y aquí hablo en primera persona, mi novela Cid Campeador guarda en común, creo yo, esas esencias míticas, legendarias y cidianas con el Cantar de mio Cid, pero como literatura, y como género literario, son muy diferentes.
Seguramente hay una diferencia ya muy inmediata, una influencia que yo veo que está muy presente en mí cuando escribo mis novelas, y que no estaba en el Cantar: el cine. Aunque el Cantar, al que le falta una parte al principio, empieza paradójicamente muy cinematográfico: “De sus ojos tan fuertemente llorando…”
El cine antes del cine. No en vano el cine es una narrativa como la literatura, y puede tener el componente de ficción o no tenerlo. Menéndez Pidal, que estimaba que en la poesía primitiva española había mucho de veracidad, y que estos poetas eran muy cronistas, consideraba que el Cantar de mio Cid tenía mucho de histórico. Y él lo conocía excelentemente. Es probable que el Cantar respetara una verdad original, tuviera un respeto a los hechos y utilizara procedimientos poéticos, artísticos, entre ellos también la ficción.
El autor del Cantar, que se estima que fue escrito muy próximo a los hechos que narra –el Cid murió en 1.099-, una obra en cualquier caso muy antigua, venerable, es muy moderno en algunos de sus procedimientos, por ejemplo a la hora de sintetizar en uno los dos destierros del Cid, para lograr, según Menéndez Pidal, mayor tensión dramática. Aquellos escritores, entre la juglaría y la literatura culta, eran narradores y sabían cómo lograr los efectos que buscaban, conocían a qué público se dirigían, etc. Eran profesionales a su manera, y de su época.
Pero ¿por qué el Cid ha atravesado todas las épocas? ¿Dónde reside el éxito del Cid para derrotar al tiempo? Quizá sea una pregunta muy ambiciosa y requiera una respuesta muy amplia y meditada, una respuesta que contenga muchas respuestas. El Cid, que ha tenido sus detractores –muy famoso el holandés Dozy, al que Menéndez Pidal quiso refutar en su España del Cid-, era un gran soldado, tuvo problemas con su rey Alfonso VI, fue desterrado dos veces, luchó al servicio de los moros para ganarse el pan, pero sin enfrentarse con su rey, y fue el único que supo parar a los almorávides, la gran amenaza de la época, de España y de Europa. Creo que la respuesta requiere todos estos datos, y algunos más, pero es muy importante el último. Además, el Cid toma Valencia y cuando le ofrecen ser rey renuncia a esta corona y reconoce como señor a Alfonso VI.
Eduardo Martínez Rico
Escritor y Dr. en Filología
Publicado en El Norte de Castilla el 27 de agosto de 2015.
lunes, 23 de noviembre de 2015
VIDA, MUERTE Y TRANSFORMACIÓN DE LA NOVELA
Tribuna para El Norte de Castilla
¿Está muriendo la novela? Últimamente he oído hablar mucho de esto en conversaciones y debates. No creo que la novela esté muriendo. Más bien parece que la novela se está transformando, como siempre lo ha hecho desde que surgió. ¿Cuándo surgió? El tema es muy controvertido; se puede fijar el origen en Grecia, antes de Cristo, en la Edad Media o ya con el Lazarillo de Tormes, incluso con el Quijote. La novela se asocia a momentos de decadencia, y es cierto que algunas voces, en nuestro mundo, proclaman que estamos en decadencia. Tal vez. Supongo que habría que preguntarse desde qué puntos de vista podríamos decir que lo estamos. Habría que ver si en lo esencial que caracteriza al hombre, o debería caracterizarlo, estamos en decadencia.
Creo que la novela es esencialmente humana, como toda la literatura en general. La novela no sólo deleita, entretiene, divierte al ser humano, que es lo que éste suele buscar masivamente en las librerías y en los grandes almacenes, o en Internet, sino que hace que se interrogue a sí mismo, que profundice en el mundo, y en su propio mundo, convirtiendo todo este proceso en arte. Hay arte en el autor y lo hay en el lector, que recrea y completa la obra al leerla. Así me lo recordaba el novelista Antonio Prieto en una entrevista. Esto va más allá del puro deleite, pero lo puede incluir, con mucha fuerza. Todas las funciones de la novela son perfectamente legítimas, y además complementarias.
Pero la novela alcanza una ambición mayor cuando trasciende ese propósito de deleitar, y busca algo más, perseguido tanto por el autor como por el lector. Ambos son seres humanos que quieren conocerse a ellos mismos -“conócete a ti mismo”, según la máxima de Delfos- y conocer el mundo, también a los otros. La novela es un instrumento para ello. La literatura hace arte de todo aquello que está al alcance de cualquier persona. La lengua, en manos del escritor y del lector, crea, imagina, profundiza, comunica.
Mientras seguimos las peripecias de nuestros queridos personajes, que realizan actos que nos interesan porque están hechos a imagen y semejanza de las personas de carne y hueso, de nosotros mismos, la novela, sutilmente, nos está proporcionando muchos otros contenidos. Contenidos que tienen que ver con la vida, con nuestra vida, con los problemas del hombre, particulares y universales. Con nuestros anhelos y aspiraciones, nuestros sueños. Ya decía Joseph Campbell, el autor de El héroe de las mil caras entre muchas otras obras, que el mito es el sueño despersonalizado, mientras que el sueño es el mito personalizado. “Mito” significa “narración”; de los mitos manan todas las historias. En este caso considero que “mito” se puede intercambiar por “novela”, que no es más que una narración extensa ficticia, fingida, pero con un anclaje en la realidad. Sí, la novela tiene mucho de sueño, y también mucho de mito.
No, no creo que la novela, ni mucho menos esté muriendo, pero se va transformando. Y lo hace con la vida, con la Historia. Viaja con nosotros, se viste nuevos trajes; su esencia permanece, pero también se enriquece. Igual que nuestra ropa, nuestros coches, nuestros aviones, la propia forma que tengo yo de escribir estos artículos o mis propias novelas –múltiples ordenadores, nuevos procesadores de textos-, van cambiando. Pero ese cambio también cala en mí como novelista, y en el propio género. No creo que la novela sea algo obsoleto, de ningún modo; prueba de ello es que sigue alimentando al cine de forma continua, hasta tal punto que parece que no hay –exagero un poco- buena película que no esté basada en una novela. La novela es un proyecto creativo previo, desarrollado, elegido, o no, por los cineastas, para hacer una película.
Al hombre le interesa el hombre, y también por eso hace literatura, alimento de sí mismo, muy espiritual pero también muy racional, intelectual. El ser humano vive inmerso en una narrativa, abierta, y, según se ha dicho mucho, con poco sentido. Da la impresión de que sólo tiene sentido su vida si se lo da otro, un tercero, otra persona o incluso él mismo. También un escritor, en el caso improbable –aunque posible- de que escriban una biografía sobre él. Algunos, en efecto, dicen que la vida no tiene sentido. Desde luego las novelas, obra cerrada, por muy abierto que sea su final, sí lo tienen. Y la novela, de algún modo, es la vida de todos, el mito despersonalizado, muy capaz de personalizarse en cada uno de nosotros a través del milagro y la experiencia de la lectura.
El hombre busca leerse en su literatura favorita, muy especialmente en las novelas, una literatura tan a su alcance, casi tanto como el cine, que de algún modo la ha sustituido, parcialmente, ambas complementarias, alimentándose el cine de la novela. Pero la novela, en este proceso de transformación, también se ha alimentado del cine, modernizándose, y ahora se está aprovechando de Internet. Ante nuevos medios, ante nuevos géneros, es fácil proclamar la muerte de lo anterior. Demasiado fácil, apresurado y erróneo. Pero el hombre es un ser creador, y la novela, por ser tan abierta y generosa, y tan gustada, le ofrece posibilidades insospechadas. No puede morir algo tan vital, ágil y atractivo.
Pasará el tiempo y seguiremos escribiendo obras muy distintas a las actuales, pero muy proclives a recibir la denominación de “novela”.
Eduardo Martínez Rico
Escritor y Doctor en Filología
Tribuna publicada en El Norte de Castilla el 17-XI-2015
Presentación en Campo Real por Ángel Moreno García
Admiro a Eva Zamora. Evita, para mí. La conocí hace la friolera de 32 años, en 1983.
Era una niña rubia, de melena larga, vestida de blanco con un lazo de raso a juego anudando su pelo, y además, simpática y con una gran sonrisa. O al menos mi memoria la recuerda así. Como aún recuerda el aire con olor húmedo, avinagrado, a tierra mojada con aromas de azufre que se respiraba en la bodega de su padre. Las antiguas y barrigonas tinajas sujetas por un esqueleto de postes de madera, seguramente, de álamo. La débil luz de una solitaria bombilla suspendida por un cable trenzado y que bastaba para rellenar de vino, con la espita, las garrafas de vidrio forradas con un entramado de caña o esparto.
En este mágico y cotidiano escenario yo repartía cajas de cerveza “El Águila” y Evita visitaba a su padre, dueño de aquella bodega argandeña de la céntrica calle Libertad.
Un día cualquiera, al cambiar de trabajo, ya no fui más a la bodega y dejé de ver a Evita.
Otro afortunado día, después de muchos años, en la Plaza Mayor de Campo Real, reconocí a esa niña agarrada de la mano de su novio, Jesús Ruano. Me atreví a preguntarle: ¿Tú no eres la hija del bodeguero Zamora?. En ese mismo instante ella me reconoció también. No había olvidado a aquel repartidor de cerveza que la saludaba cuando era niña, tal vez porque siempre se recuerda a alguien que te trata con ternura.
Disculpa Eva si he desvelado unos tan personales como inolvidables instantes de tu infancia y de mi juventud. Pienso que aquellos brillantes y vivaces ojos de la niña que fuiste ya se fijaban en cada detalle, en cada comportamiento, en cada palabra que te descubrían un mundo lleno de pequeñas historias.
Te admiro Eva por saber transmitir historias. No es fácil escribir. Es complicado crear personajes convincentes. Es aún más difícil encontrar a alguien que publique lo que escribes. Y de la última dificultad suprema ni te cuento: atrapar a alguien para que lea lo escrito, conseguir lectores. Tú lo has alcanzado. Ya has publicado dos de tus novelas. Sé que tienes escritas algunas más, que estoy seguro verán la luz muy pronto.
He disfrutado con tu primera novela “La esencia de mi vida”. Una historia actual, con personajes contemporáneos, con misterios en cada página y con el amor como estrella incontestable de todas las vidas. Y todo ello narrado con un lenguaje ameno, ágil, claro y sencillo, pero a la vez hermoso y bien estructurado.
Alex, Tomás, Sofía e incluso Darío, han nacido de la imaginación de aquella niña, ahora mujer, que comenzó a ver el mundo desde esa tenue y amarillenta luz de la desparecida bodega Zamora.
Esta nueva novela trata, como no podía ser de otra manera, del amor. Pero el amor tiene tantas formas y maneras de manifestarse como los variados colores de un camaleón.
Hay tantas clases de amor como seres capaces de sentirlo. El amor es imprevisible y variable, como casi todas las cosas que nos ocurren en nuestra existencia. Un padre biológico y una madre adoptiva aman al mismo hijo y están dispuestos a TODO por tenerlo a su lado. El amor paternal siempre debe ser incondicional y generoso. Y sobre todo no dañar nunca.
Por el pequeño extracto de la historia que cuenta esta nueva novela y porque ya he constatado dónde puede llegar la imaginación de la escritora, intuyo que vamos a conocer otros amores y otros personajes tan audaces y enigmáticos como en “La esencia de mi vida”.
He disfrutado con tu primera novela “La esencia de mi vida”. Una historia actual, con personajes contemporáneos, con misterios en cada página y con el amor como estrella incontestable de todas las vidas. Y todo ello narrado con un lenguaje ameno, ágil, claro y sencillo, pero a la vez hermoso y bien estructurado.
Alex, Tomás, Sofía e incluso Darío, han nacido de la imaginación de aquella niña, ahora mujer, que comenzó a ver el mundo desde esa tenue y amarillenta luz de la desparecida bodega Zamora.
Esta nueva novela trata, como no podía ser de otra manera, del amor. Pero el amor tiene tantas formas y maneras de manifestarse como los variados colores de un camaleón.
Hay tantas clases de amor como seres capaces de sentirlo. El amor es imprevisible y variable, como casi todas las cosas que nos ocurren en nuestra existencia. Un padre biológico y una madre adoptiva aman al mismo hijo y están dispuestos a TODO por tenerlo a su lado. El amor paternal siempre debe ser incondicional y generoso. Y sobre todo no dañar nunca.
Por el pequeño extracto de la historia que cuenta esta nueva novela y porque ya he constatado dónde puede llegar la imaginación de la escritora, intuyo que vamos a conocer otros amores y otros personajes tan audaces y enigmáticos como en “La esencia de mi vida”.
Suerte Eva, para ti y para tu nueva novela “Todo por Daniel”. Que conquistes a muchos lectores y sea el puente para que pronto se edite tu tercera novela.
Me quedan unas últimas palabras que quiero regalarte para que recuerdes este día con esa ternura con la que te saludaba hace 32 años este repartidor de cerveza y aprendiz de poeta.
En este pueblo de olivos y de iglesia gigantona, al lado de los alfares, tenemos una escritora. Su imaginación de niña le obliga a crear historias. Vidas de sueños y amores entre rumores de olas hacen caso al corazón por encima de otras cosas. Malvados muy educados a quien nada les importa para conquistar el mundo de una o de otra forma. Menos mal que desde el cielo una luna protectora, pone el orden natural a las almas bienhechoras que creen en el amor como esencia salvadora. Seductora con palabras, que en el blanco papel brotan, romántica, apasionada, ella es Eva Zamora.
Ángel Moreno García, Campo Real a 14 de noviembre de 2015
jueves, 12 de noviembre de 2015
“LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”, A TRAVÉS DE LAS GENERACIONES
Del
Episodio VII de la saga de La guerra de
las galaxias, creada por George Lucas y ahora propiedad de Disney, sabemos
muy poco, como que se va a estrenar, salvo algún cambio, el 18 de diciembre de
2015. Pero vamos conociendo más datos, con cuentagotas. El hijo de Mark Hamill
(Luke Skywalker en la ficción), Nathan Hamill, ha publicado en su web una foto
en la que aparece su padre, delante de una gran nave con el rótulo del “Episodio
VII”, con barba y una camiseta negra, lo cual nos sugiere y nos hace pensar, relacionar, recordar.
El negro es el color del
Lado Oscuro, el color de Darth Vader, pero también el color de Jedi de Luke en El retorno del Jedi, donde parece un
sacerdote, un hombre de alta espiritualidad, enteramente de negro. La barba de
Mark Hamill también nos indica cosas importantes: puede ser la barba de Alec Guiness,
Obi-Wan Kenobi, maestro Jedi, casi una reliquia de otros tiempos, en Una nueva esperanza, el Episodio IV, el
primero que vio la luz para toda una generación de niños que, como dijo George
Lucas, estaba creciendo sin cuentos de hadas. Yo fui uno de esos niños.
Pero
la barba de Luke también nos lleva a Obi-Wan de joven, al Obi-Wan que encarnó
Ewan McGregor en el segundo y tercer episodio. La barba también de Qui-Gon Jinn,
maestro de Oby Wan. La barba es sagrada, rezan antiguas mitologías, como nos
enseña Joseph Campbell, prestigioso mitólogo que fue clave para la creación de La guerra de las galaxias. George Lucas
sufrió un accidente de coche muy grave con 18 años. Él quería ser conductor de
coches de carreras, y la velocidad y los automóviles eran su gran pasión. Pero
este accidente, que casi acaba con él, le condujo a otra vocación, a otro mundo
muy diferente. En el hospital se interesó por materias como la Mitología o la
Antropología. Leyó El héroe de las mil
caras, valioso libro de Joseph Campbell que muestra cómo los mitos del
mundo están relacionados y unidos entre sí, como si hombres de tierras y
culturas muy lejanas respondieran y necesitaran los mismos mitos, o muy
parecidos.
Lucas
estudió escritura creativa y se matriculó en la Universidad de Cine de
California, donde hizo una gran carrera, con muy buenos cortometrajes –entre
ellos uno que se convirtió en su primer largometraje, THX 1138-. Allí contactó con Francis
Ford Coppola, con el que tuvo una relación brillante pero muy compleja.
Coppola, que no era mucho mayor que él,
fue su maestro, o al menos algo similar, enseñándole mucho y dándole muy buenos
consejos. Pero Coppola tenía una personalidad muy diferente a la de Lucas, y no
siempre se llevaron bien. Coppola era expansivo, extrovertido, mientras que
Lucas era más tímido. Sin embargo colaboraron en muchos proyectos, guiones,
películas, producciones, entre ellas una película de su admirado Akira
Kurosawa, Kagemusha.
Pero
¿dónde está el secreto de La guerra de
las galaxias? Es muy difícil decirlo. Ni siquiera, tal vez, Lucas podría
decirlo. O quizá ahora sí, pero no cuando la estrenó, en 1977, cuando pensaba
que iba a ser un gran fracaso. Puede que la clave esté en esa declaración suya
de que una generación de niños estaba creciendo sin cuentos de hadas, y que él
les proporcionó –nos proporcionó-, un cuento de hadas renovado, el “mito
renovado”, como dijo Joseph Campbell cuando vio por primera vez La guerra de las galaxias –Episodio IV-,
llenando un agujero que necesitaba ser llenado. Y haciéndolo con materiales muy
creativos, pues aunque a Lucas no le gusta nada escribir lo hace
maravillosamente
En
una entrevista sobre las películas el poeta y filólogo Luis Alberto de Cuenca
me dijo que eran una síntesis mitológica, pero también es una síntesis de los
referentes culturales que pudo disfrutar Lucas durante su infancia y
adolescencia, por ejemplo los space operas
o los westerns. Han Solo es un
vaquero del espacio, y la escena del bar en el puerto de Mos Eisley remite a
las clásicas escenas de duelos y peleas en los bares de las películas del
Oeste. Todo está inventado, pero al mismo tiempo todo está por reinventar, y
finalmente por inventar. Lucas quería mostrar la confrontación del Bien y del
Mal, pero no lo hace ni mucho menos de forma maniquea, antes bien muestra el
paso del Bien al Mal en algunos personajes, fundamentalmente Anakin
Skywalker-Darth Vader, que se erige en protagonista de las dos primeras
trilogías, en una saga que yo diría que tiene también protagonista colectivo,
por las funciones tan importantes de muchos de sus personajes.
La guerra de las galaxias constituyen
unas películas aptas para todos los públicos, unas películas que no dejan de
enseñar algo no importa la edad que tengamos. Cuando somos niños nos llama la
atención unas cosas, mientras que cuando crecemos nos fijamos más, tal vez,
como fue mi caso, en su factura cinematográfica, o en su trasfondo mitológico y
cultural.
Finalmente,
como escribió Agustín Sánchez Vidal, y creo que esto es esencial, son una
oportunidad para realizar una “peregrinación” a los orígenes del mito, a sus
fuentes. Para muchos espectadores forma parte troncal de su infancia. Ahora
empieza a serlo también para nuevas generaciones de niños que en cuanto las
descubren llevan estos personajes y sus aventuras a sus propias vidas, como lo
hicimos nosotros cuando teníamos pocos años. La guerra de las galaxias viaja de generación en generación,
renovándose.
Eduardo
Martínez Rico
Escritor
y Doctor en Filología
Publicado en El
Norte de Castilla el día 29 de septiembre de 2014.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



