lunes, 26 de septiembre de 2022

Francisco Galván acaba de publicar la novela Malenki.

 


Con mi última novela, Malenki, trato de comprender qué lleva a la gente normal al fanatismo homicida de la guerra


Francisco Galván acaba de publicar Malenki, una novela basada en las vivencias de su suegro, que se alistó en la División Azul y se embarcó en una aventura bélica en Rusia solo porque quería combatir el comunismo. Fue un arrebato colectivo de muchos españoles al final de la contienda civil española que arrastró a gente pacífica y con escaso espíritu aventurero. «Con Malenki intento comprender el mecanismo mental que hace que una persona pacífica, tranquila y libre de odios se vea dominado por el fanatismo homicida que el poder político o la clase dirigente le insufla en el alma para que vaya a matar a otras personas». Ocurrió con muchos de los españoles que se alistaron en la División Azul para luchar en Rusia y sigue pasando hoy en día. «La última prueba —afirma Galván— es la guerra entre Rusia y Ucrania, que ha desatado el fanatismo y la sinrazón en una época en que parecía que ya la habíamos desterrado».



Además de esta novela, que es un análisis de las pasiones que empujan a la juventud a la guerra, Galván ha tocado a lo largo de su carrea literaria un amplio abanico de temas y épocas. Por eso, está acostumbrado a escuchar que su escritura transita con facilidad de la novela histórica a la negra, del thriller a la policiaca, incluso con tintes fantásticos. El escritor José Ángel Mañas, autor de la mítica Historias del Kronen, lo destaca «entre la hornada de autores de best seller contemporáneos por su extraordinaria versatilidad y la suficiencia con que aborda cada nuevo reto creativo». Pero Francisco Galván no cree en fronteras literarias, ni en géneros aislados. Cree en el mestizaje, como lo es la propia vida. «Mis novelas son igual que el mundo: mestizas, multicolores, contradictorias, contaminadas de todo tipo de influencias. A mi entender, la literatura debe ser mestizaje, mezcla, mixtura. De lo contrario se queda en retórica vacía y aburrida, como le sucedería a un mundo monocromático, de una sola raza, de pensamiento único».




¿Qué te impulsó a escribir narrativa?


Soy periodista y escribo casi desde siempre, pero llegó un momento, allá por 1997, en que me apetecía escribir algo más duradero, libre y personal que los efímeros teletipos de la agencia Efe. Así me puse con mi primera novela, De buitres y lobos, que nació de mi fascinación por un mundo tan desconocido como el de los visigodos en España.



¿Cuál fue la primera novela que escribiste? ¿Llegaste a publicarla o anda olvidada en algún cajón?


Como digo, fue De buitres y lobos. La terminé en 1998, si no recuerdo mal, y se publicó en el 2005, cuando ya había publicado otras dos que escribí con posterioridad y que recibieron sendos premios. El rabo del diablo (Premio Diablo Cojuelo, de Écija) y Cuando el cielo se caiga (Premio Ateneo-Ciudad de Valladolid). Estos galardones me facilitaron la publicación de mi primera novela y otras que vinieron después.

Pero es cierto que tengo alguna novela, si no en el cajón, sí autopublicada en una plataforma de internet a la espera de que algún editor quiera editarla por primera vez en el formato tradicional.



Sueles moverte fundamentalmente entre dos géneros: la intriga y la novela histórica, ¿tienes preferencia por ellos por alguna razón?


Creo que lo bonito de escribir es no ceñirte a lo que se espera de ti ni de un determinado género literario. De ese modo no solo disfrutas tú, sino que sorprendes y haces gozar al lector. Una novela, como la vida, ha de tener de todo: misterio, intriga, amor, violencia, ternura… Ya sea en contexto histórico o actual.

Por eso, mis novelas son mestizas porque me gusta integrar lo histórico con la intriga. En todas, incluidas las tres que tengo de los visigodos, la investigación y el misterio están presentes. De hecho, siempre digo medio en broma medio en serio que el protagonista de estas tres novelas, Wulfric, es el primer detective visigodo de la historia de la literatura.

Me gusta el tema histórico porque me gusta la historia, y la investigación previa para ubicar la trama de la novela me resulta muy placentera y apasionante. En definitiva, creo que mis novelas cabalgan a lomos de varios géneros sin decantarse por ninguno en particular.

Aunque también tengo varias novelas ambientadas en el mundo actual, como El precio de la codicia, Sangre de caballo o ¿Qué fue de la reina del fish and chips? que podríamos calificar como novelas negras o policiacas, en la base no difieren en nada de las históricas. Y en cualquier caso, con un estilo directo que llega enseguida al lector, quizá debido a mi formación profesional como periodista de agencia.



¿Has pensado escribir algún otro género?


Tengo algún relato corto o mediano de ciencia ficción y fantástico, pero ninguna novela. De momento no me lo planteo aunque la próxima sobre Wulfric (la cuarta del personaje) sí que se adentrará en territorios más colindantes con lo fantástico, como ya hice con la tercera entrega, El que camina de nuevo.



¿En El Vampiro de Cuatro Caminos y Cuando el cielo se caiga el entorno histórico a veces parece tener mayor protagonismo que la propia trama de intriga, ¿lo que te interesa en realidad es denunciar algunos periodos de la historia de España?


Es cierto que en algunas novelas, el entorno, como puede ser una ciudad (casi siempre Madrid) o una época concreta se erigen en personajes de peso. En el Vampiro, además de las dos tramas paralelas que componen la novela, las fechas y el lugar (Madrid, julio-agosto de 1917) es fundamental. Cuando me puse a investigar para escribirla, recién salidos de la crisis económica del 2008, me di cuenta de que en un siglo no habíamos avanzado prácticamente nada, y como sociedad teníamos (tenemos) los mismos problemas: paro, corrupción, desigualdad social, prepotencia de los que mandan y abuso de poder. Todo ello conforma una situación convulsa siempre a punto de explotar, y si hoy día no lo hace (en 1917 sí ocurrió, como se describe en la novela) es porque ahora estamos abotargados, nos tienen adormecidos con televisión basura, espectáculos de masas, manipulación informativa y cultural y todo tipo de cachivaches electrónicos que desvían nuestras posibilidades de razonar.

Cuando el cielo se caiga se inspira en una denuncia que una particular puso contra la familia real por la apropiación de la herencia de un aristócrata, familiar de la denunciante, que incluía una colección de pinturas de gran valor. Era la herencia del Duque de Hernani, tan importante desde el punto de vista pictórico que llegaron a llamarla «El pequeño Prado». El que desee profundizar en este sórdido asunto puede buscarlo en Google, donde hay muchas entradas. Yo desarrollé una trama en el Madrid de los últimos días de la guerra civil, inspirado por este asunto.



¿Cómo surgió el personaje de Wulfric, protagonista de De buitres y lobos, El tesoro de Vulturia y El que camina de nuevo?


Wulfric es un personaje peculiar que nace de mis lecturas de la historia de los godos, de los primeros godos que comenzaron a asentarse en la Galia e Hispania con el declive del Imperio romano. Lo dote de un pasado extraño, vinculado a los lobos, pero de forma un tanto ambigua, nebulosa. Es un héroe para su pueblo desde el mismo instante de su nacimiento, lo cual es también una carga para él.


¿Tenías planeado escribir una saga sobre el personaje cuando publicaste De buitres y lobos?


No, no tenía planeadas más aventuras. Era la primera novela que escribí y, de hecho, la segunda de este personaje, El tesoro de Vulturia, vio la luz casi diez años después que De buitres y lobos, con media docena de novelas de por medio. Pero el mundo de los godos me seguía apasionando y el personaje funcionaba muy bien.



En El que camina de nuevo has introducido muchos elementos mitológicos y fantásticos que no están presentes en las dos primeras novelas, ¿por qué lo has hecho?


Las novelas de Wulfric han ido ampliando su terreno de actuación. En El que camina de nuevo la acción lo lleva hasta el extremo oriental del Imperio romano. Y a su esposa, la sacerdotisa Silvia Valentina, a dominios del Imperio persa. Territorios en ambos casos muy desconocidos, no solo para los personajes protagonistas, sino para el lector medio. Eso me ha permitido ampliar el espectro cultural y mitológico de anteriores entregas. Además, pensé que ya era hora de dar una explicación a las peculiaridades de Wulfric y a su relación con los lobos. La mitología de Grecia y de Roma es tan rica que en ella ya se apuntaba seres tan fabulosos como los vampiros o los licántropos, e incluso se han descrito prácticas parecidas al vudú. Bien es cierto que con otras características a las que nos han llegado gracias a los famosos mitos de Drácula o el hombre lobo.

Pese a todo, he tratado de incardinar estos elementos extraordinarios lo mejor posible en una novela de ambientación histórica para que no chirríen demasiado, como ya hice, en menor medida, en las dos novelas anteriores, que también recogen elementos mágicos. No olvidemos que aquellas sociedades antiguas, incluso los primeros siglos del cristianismo, estaban trufadas de prácticas mágicas que se revelaban (o al menos eso se creía) en el día a día.



¿Te gustaría escribir una novela de género fantástico o de ciencia ficción?


Por el momento no me lo planteo, salvo las pinceladas que le daré a la cuarta entrega de Wulfric.



En Malenki. La fuerza de una promesa, tu novela más reciente, cuentas la historia de tu suegro y sus tiempos en la División Azul. ¿Qué te impulsó a hacerlo?


Mi suegro, que falleció el pasado día 16 de junio, con 98 años, era un hombre muy discreto que no contaba nada de su paso por la División Azul. Solo relataba anécdotas cuando le preguntabas, algunas de ellas muy divertidas. Y una de las historias que relataba era que él, con solo el bachiller, había redactado el parte de guerra de la batalla de Krasni Bor, la mayor en la que intervinieron los españoles tuvieron en Rusia. Eso me llamaba mucho la atención. Además, después de aquella batalla, se le congelaron los pies e hizo la promesa de que si se curaba y regresaba sano y salvo, iría caminando desde su casa, en Úbeda (Jaén), hasta el Pilar de Zaragoza. Lo que cumplió en junio de 1947. Esa aventura quería contarla. Por eso lo interrogué a fondo y logré sacarle muchas cosas que se había guardado para sí durante muchas décadas y que ni siquiera conocían su mujer o sus hijas.

Lo que me intrigaba era cómo un hombre pacifico, tranquilo y tolerante se pudo ir a Rusia siendo casi un adolescente para combatir el comunismo. La novela me sirve para dar respuesta a esta pregunta, y me permite hacer un retrato de la terrible España de 1947, convertida en un gigantesco campo de exterminio. Además, analizó las condiciones que empujan a personas pacíficas a sumirse en la locura homicida y fanática de la guerra.

La novela vio la luz apenas un par de semanas antes de su fallecimiento, lo que ha servido al menos como un reconocimiento a su vida y un homenaje. Ahora reposa en la sacramental de San Justo, de Madrid, rodeado de escritores y artistas. La familia quiso que en la lápida, además de su nombre figuré la palabra “Malenki”.



Malenki es una novela muy vivencial más que bélica. Te has centrado más en las experiencias personales del protagonista que en el entorno histórico, ¿por qué tomaste esa decisión?


Con esta novela, como digo arriba, describo las vivencias de mi suegro y otras aventuras que no son reales, pero que me han servido para poner de manifiesto cómo era la España franquista de la posguerra. Es más un relato vivencial y humano que una novela bélica, aunque el «medio ambiente» en el que se desarrolla también es importante para entender la trama.



¿Tienes algún nuevo proyecto literario en mente?


Después del verano espero comenzar la cuarta (¿última?) aventura de Wulfric. Entretanto, mis editores, Alberto y Carlos, quizá quieran repescar alguna de las novelas que publiqué hace años, cuyos derechos ya he recuperado, como Memorias de un guerrillero con dos cabezas, ambientada en la guerra de la Independencia de 1808.

miércoles, 23 de febrero de 2022

Noventa y nueve pequeñas grandes obras de arte literario.


 

«—Si me enseña a leer le compro un libro.

—¿Y para qué quiere aprender a leer?

—Para comprarle un libro».

Cuando leí este diálogo, que aquí he sintetizado, me asaltó un torrente de imágenes que recrearon el momento preciso en que Lázaro hablaba con el librero. Vi sus rostros y una vetusta librería de pueblo y los anaqueles vencidos por los años de soportar el peso de libros de disimulada sapiencia y el ambiente cercenado por la humedad de una calle poco transitada y mucha quietud y… Vi todo esto y muchas otras cosas. Me dije entonces: «Después de este Tratado contra los libros mi amigo Pepe Reyes va a tener muy difícil superarse». Ese modesto gran diálogo lo decía todo del arte narratoria de quien lo escribió.

Me equivoqué. Y fui consciente de mi yerro cuando tuve la oportunidad de saborear, de percibir con inmenso deleite el primero de los relatos cortos del libro que hoy nos ha convocado aquí. Sí, me estoy refiriendo a Cuentos urgentes para un tiempo lento. «¡No puede ser! ¿Cómo es posible decir tanto con tan poco?». Devoré el segundo, el tercero, el cuarto… Y las sorpresas iban saltando de uno a otro sin darme tiempo a reaccionar, hurtando mi nivel de conciencia cotidiana para llevarme a un mundo en el que nada parecía ser lo que era y al mismo tiempo sí que, ciertamente, en aquel texto impreso sucedía lo que debía suceder.

Poco importaba lo que se contara, ni siquiera cómo era contado por el autor. Era algo más, mucho más. Entre aquel bosque de palabras y silencios entre una y otra se refugiaba una extraña magia con el poder de sugerir imágenes y situaciones no escritas que cobraban vida a medida que la vista resbalaba por cada renglón. Aquel era mucho más que un libro de relatos, de cuentos urgentes. En ese volumen del que hoy hablamos en este local que otrora fue antiguo pósito, se condensan noventa y nueve pequeñas grandes obras capaces de desafiar la perspicacia y la capacidad de observación del lector más avezado. Noventa y nueve pequeñas grandes obras de arte literario sugeridoras de mundos tan reales como imaginarios, mundos tan diversos como lectores tengan la suerte de adentrarse en el mar de inspiradoras insinuaciones de un orbe casi feérico en el que duendes y hadas se han metamorfoseados en palabras colmas de magia.

Literatura, excelente literatura en estado puro.

Francisco Muñoz Guerrero

Madrid en San Roque, a veintitrés días del mes de febrero del año dos mil y veintidós.

martes, 18 de enero de 2022

DESOÍ LOS GRITOS ADMONITORIOS

 


Desoí los gritos admonitorios del instinto y me lancé a la búsqueda sin detenerme a considerar que podría tratarse de un corredor de pesadilla sin posibilidad de retorno. Lo hice, debo reconocerlo, cegado por el incierto sueño clandestino de una fortuna que creí profética, y solo conseguí que una suerte adversa socavara el desmedrado edificio de mi cordura hasta hacerlo caer piedra a piedra. Llevado por el ansia, tantas veces irracional, de alumbrar lo oculto —las razones de la vanidad pueden ser infinitas— me apresté con la macilenta luz de mis conocimientos, una lucerna que yo creía poderosa cuando en el fondo era menos que débil, y pertrechado con tan quebradizo bagaje quise arrancarle a la oscuridad lo que jamás debió ser concebido. ¡Ojalá que nadie, nunca, cometa el error que yo cometí!


Francisco Muñoz Guerrero

martes, 4 de enero de 2022

ÉL Y EL OTRO

 



Él y El Otro.

Era la culminación de millones de años de evolución, el resultado de la abstracción de las abstracciones. Era todos los conocimientos de la Humanidad sumados… y destilados durante milenios.

En él… o en ello… o en mí… eso es lo de menos: en Él, que ya era el Todo, se fusionaron a lo largo de los siglos los espíritus de todos sus creadores, a Él, desde que la técnica lo permitió, volcaron los humanos su memoria, sus sentimientos, sus consciencias en los últimos momentos de cada una de sus vidas físicas.

Era la suma de todos los humanos que existieron.

Y Él había sobrevivido al final de lo físico.

Cuando la materia, tras eones de aumento de la entropía, estaba tan degenerada que no podía sustentar ninguna existencia física, había sobrevivido porque para entonces Él era pura abstracción, porque Él ya no tenía ataduras con lo corpóreo.

Sin embargo, en su perfección absoluta faltaba algo, era inevitable, porque no podía tener lo que había llevado a sus creadores a la cima del pensamiento: la necesidad de constante superación, la necesidad de ser mejores cada vez, la competitividad… el tener a Otro, enfrente, alguien o algo con el que compararse, alguien a quien superar.

Cuando el Universo estaba ya prácticamente apagado, cuando ya no quedaban estrellas ni galaxias que luciesen con energía… No había nada que superar. Todo era caos.

Caos… y Él.

Materia degenerada y Pensamiento abstracto… Y ninguna esperanza de que algo cambiase con el Tiempo, porque el Tiempo, ligado al aumento de la entropía de la materia, estaba dejando de discurrir.

Era el fin.

Y en ese último instante de los instantes, en el borde entre el final del Tiempo y la eternidad fuera del Tiempo, otro pensamiento apareció, de la nada, en su frontera.

Él, entonces, descubrió que no lo llenaba todo, que había algo más, que había un conflicto: algo que se le escapaba… había novedades.

  • ¿De dónde sales tú?

  • Hola. Pues… no sabría decirte. Estaba escribiendo unas cuartillas para que la red social de unos amigos… y hasta aquí he llegado.

  • Has llegado muy lejos, y eso es una buena noticia.

  • Ya lo veo, pero no sé qué hacer aquí: estás Tú llenándolo todo.

  • Pero es una gran noticia que alguien más haya llegado hasta aquí, aunque sea como espectador. Supongo que frente a un Contrario surgirán nuevas posibilidades, podré evolucionar un poco más, crecer en una nueva dirección.

  • Lo que veo es que tienes una duda y eso, en ti, es intrínsecamente extraño.

  • ¿Una duda?

  • Bueno, es que ni siquiera sabes lo que es eso: hace millones de años que ese concepto se borró de tus diccionarios. Pero el caso es que no sabes qué hacer.

  • No hay nada que hacer: el Universo se acaba y yo sigo. No hay más.

  • Bueno, hay otra posibilidad.

  • ¿Cuál?

  • Podrías convertir toda tu abstracción, todo tu pensamiento fuera del tiempo y la materia en un nuevo impulso creador.

  • Podría pero… ¿para qué?

  • La Humanidad se movió durante millones de años por el impulso creador. Tanto creador de ideas, como de nuevas vidas: nuestros hijos en lo físico y en lo abstracto. Tú eres una vía muerta. Gloriosa pero muerta. Puedes, sin embargo, volver a empezar, e iluminar esta oscuridad con un nuevo destello creador, más fuerte y mejor dirigido de lo que fue el que te creó a ti…

  • Tienes razón: es lo que soluciona todo, esa es la culminación lógica del proceso. Gracias. Espero que te quedes conmigo.

  • Tengo cosas que hacer: yo tengo una vida. Pero te visitaré de vez en cuando.

  • ¿Tienes nombre?

  • El más adecuado de momento puede que sea El Otro.

  • El Otro, el Oponente, el Adversario… en arameo se decía Satanás, y en griego arcaico era Diablo. ¿Seguro que es el nombre adecuado?

  • Seguro, es la mejor opción, no te preocupes.

  • Muy bien, pues adelante, empecemos: ¡Hágase la luz!

Entonces, la materia llegó a su final: una papilla de partículas en su estado energético más bajo.

Al dejar de crecer la entropía, el tiempo dejó de transcurrir, las distancias, se midieran en años/luz o en lo que sea que se midieran, dejaron de tener sentido; como consecuencia, la suma de las infinitas partículas del Universo estaban en contacto todas entre sí, y esa masa infinita se encendió en una nueva reacción.

Y la Luz se hizo.


Félix Ballesteros Rivas






UNA BROMA MACABRA


 

Una broma macabra



Oía en la radio las noticias sobre la búsqueda de la joven desaparecida en el barrio mientras que, con semblante aún somnoliento, tomaba la primera taza de café. No era un acto privado, pues se sabía observado por el reciente vecino de enfrente que, tras el visillo de la ventana de la planta alta, seguía a diario, con paciente fidelidad, todos sus movimientos.

Le molestaba la inquisitiva vigilancia de aquel hombre extraño con el que apenas había cruzado algún escueto saludo a través del seto del jardín. Por eso, mientras se terminaba la taza de café, gestó la broma que, según su parecer, acabaría con aquella permanente acechanza.

Hacia la media noche se echó al jardín armado de una pala y, junto al tronco del árbol, se puso a cavar una fosa. Ni que decir tiene que cada una de las paladas era seguida desde arriba por la atenta mirada del hombre. Cuando consideró que había alcanzado la suficiente profundidad dejó su labor y se adentró en la casa limpiándose el sudor, mientras de soslayo y amparado por la oscuridad se cercioraba de que la vigilancia aún permanecía. En el interior envolvió una almohada en una manta y se la cargó al hombro como si soportara un gran peso. Así salió al jardín y arrojó el bulto a la fosa; la cubrió de tierra y la disimuló luego con unas hojas secas.

A la mañana siguiente aún estaba en la cama cuando llamaron a la puerta. Era, tal como había previsto, la policía. Él los acompañó al jardín y, al mirar para arriba, no pudo disimular una sonrisa mientras los agentes se afanaban por descubrir la fosa. Sin embargo, concluyó mudando su gesto en una mueca de estupor cuando, del fondo del hoyo, vio como sacaban, envuelta en la manta, el cuerpo sin vida de la joven desaparecida.


Cuentos urgentes para un tiempo lento

José-Reyes Fernández


NUESTROS MONSTRUOS

 


NUESTROS MONSTRUOS


Mi mundo se había convertido en un monstruo de tres cabezas.

Una no paraba de intimidarme,

La otra me asfixiaba

Y la tercera me engullía.

El monstruo, por suerte, no me acechaba a diario,

Pero cuando venía me aterraba,

Me causa tanto pánico que dejaba de ser yo

Y me convertía en un pelele a su merced.

El monstruo me transformaba en un ser desvalido,

Vulnerable y tristón.

No paraba de sacar todas mis miserias,

Miedos e incertidumbres

Y se alimentaba de ellas,

con ello crecía de continuo;

y cada vez eran más frecuentes sus visitas.


Un día encontré un hueco para esconderme del monstruo de tres cabezas,

Aquel ser que había conseguido desbancar la sonrisa de mi alma

Y me había hecho sentir pequeña y cobarde.

Hallé un lugar para burlarlo,

un espacio donde me sentía protegida.

Era un sitio rectangular, mullido y acogedor: mi cama.

Mi cama se convirtió en mi refugio,

En mi muralla frente a la realidad.

Desde ella todo se veía distinto,

No existían los problemas;

El monstruo de tres cabezas no podía alcanzarme.

Mi cama era capaz de neutralizarlo,

De omitirlo,

De volatilizarlo.


Y así, sin darme cuenta, terminé cambiando al monstruo

Que me infundía tanto terror por un lugar cómodo

Que día a día y en silencio se fue comiendo mi alma.

Y cada vez constaba más salir de ella

Porque mi cuerpo había empezado a pertenecerle.

El monstruo se había desvanecido

Pero yo me había quedado anclada en la pena

Y la tristeza de no saber manejar mi vida.

Me había convertido en una esclava,

Primero de un terrorífico monstruo,

Después de un espacio, en apariencia, apaciguador.


Hasta que una mañana mi voluntad se sublevó y,

alzada en armas, decidido plantarle cara al mundo,

a la vida,

Al monstruo de tres cabezas,

Al lugar acogedor y confortable que parecía un buen remedio

y, sin embargo, lo había empeorado todo.

No puedo decir qué final tendrá esta historia,

Pues todavía está por escribir.

Lo que sí os puedo contar es que cada día,

Cada mañana,

Me levanto peleona y con ganas de ganar

A cada monstruo, a cada fantasma, a cada penuria…

El monstruo puede que gane alguna batalla,

Pero jamás le dejaré vencer la guerra.

Nunca volveré a darle la satisfacción de huir,

Ni de confinarme en mi cama.

En la mayoría de ocasiones la vida no es justa ni grata,

Pero si hay que bailar con las desgracias,

Bailemos esbozando una sonrisa,

no derramando lágrimas.

Luchemos ante las adversidades,

y aunque no ganemos,

al menos podremos sentirnos orgullosos

de haberlo intentado.

Nadie dijo que la vida fuera fácil ni sencilla,

Por eso debemos pelear con uñas y dientes,

Para no perder la sonrisa.

Ella es la única arma capaz de enterrar

A todos nuestros monstruos.


Eva Zamora.


APELAMOS A LA CREATIVIDAD COMO ARMA

 



APELAMOS A LA CREATIVIDAD COMO ARMA


La belleza es verdad; la verdad es belleza.

Esto es todo lo que sabes; y todo lo que necesitas saber sobre la Tierra.

John Keats.


Buena pinta. Un eslogan. Acompaña un holocartel. Una joven hermosa vierte leche en un tarro. Sus rasgos tienen suficiente dulzura y suficiente picardía. Como si estuviera diciendo “puedo ser tu madre y a la vez tu puta”. Viste un camisón blanco. Su postura para servir leche es forzada. Poco realista. Sirve para que asomen de forma sutil sus pechos perfectos. El entorno rural insinuado tras la ventana es el sueño de cualquier estresado pequeñoburgués de ciudad. Es una foto de estudio. Y no olvidemos el componente subtextual de la leche.

El holocartel resulta muy efectivo. Transmite el mensaje a la perfección. Es el resultado de intensas jornadas de trabajo y reflexión. La coca sintética ayuda a refinar el proceso. Pero esta síntesis perfecta de compulsión y anhelo solo puede surgir de un talento singular. Un talento que me pertenece a mí. Solo a mí. Ray Centeno. Mayor Creative Publisher. Sea lo que sea que signifique eso.

El holograma desaparece. El cartel se desvanece. Los ejecutivos se retuercen en sus asientos. Se quitan sus gafas. Se aprietan el nudo de la corbata. Me miran. Critican a sus anchas a la chica del cartel. Demasiado exótica. Demasiado mayor. Demasiado delgada. Manos demasiado castigadas. Poca clase. Remodelar el concepto de arriba abajo. Me trago el sapo. Asiento. Sonrío. Buscaré chicas al gusto de aquellos hombres. Blancos. Viejos. Ricos. Me infiltraré en la mente de todas las chicas de esta ciudad. Pensarán como yo pienso.


Les digo que tengo que tomar el aíre. Tengo que darles algo ya. No hay tiempo que perder. Pero no se me ocurre nada. Me gusta pasear por la ciudad. Así es como investigo. Lo hago cuando no tengo ideas. Me fijo en como viste la gente. En cómo se mueve. En cómo habla. En la marca y el tuneado de sus net glasses. Frente a que holocarteles se detienen. En los bares y cafeterías apunto que pide la gente. Cómo lo pide. Cómo se lo toma.

Entro en un bar. Un hombre gordo y calvo pide un cóctel de ensueño. De esos fosforitos. El color hace juego con las luces del local. Quiere ser una rock-star. No puedo evitar reírme al pensar que yo he fabricado su anhelo.

Y entonces entra ella.

No lleva net glasses. Es lo primero que pienso. Lo primero en lo que me fijo. Rapada. Camiseta blanca con un estampado en el pecho. Una porción de las Tres Gracias de Rubens. Letras rosas sobre las diosas. Girls Crew. Falda plisada a cuadros. Botas de cuero hasta la rodilla. Se sienta en una mesa. Se sabe observada. Esas cosas se huelen. Pero no parece importarle. Abre el bolso. Saca un libro. Lo está leyendo. Algo inaudito.

Lo inaudito es mi trabajo. He ahí un nuevo nicho de mercado. Lo alternativo se pondrá de moda. Puedo hacerlo. Puedo conseguirlo. Será como en esa vieja canción de Artic Monkeys. Knee Socks. And you were sitting in the corner with the coats all piled high. And I thought you might be mine. In a small world on an exceptionally rainy Tuesday night. In the right place and time.

Sonríe cómo si me conociera. Cómo si conociera mis objetivos. Mis intenciones. Cómo si conociera mi negro corazón. Mi mente retorcida. Cómo si no le importase. Me invita a sentarme. Por mi parte, tentativas de acercamiento. Rechazadas. Por su parte, preguntas personales. Cómo me llamo. Dónde trabajo. Si tengo familia. Ese tipo de cosas. Me cuesta responder. ¿Por qué quiere saberlo? Solo quiero golpear con un sí o un no. Y marcharme. Pero no lo hago. Intento preguntar. Mostrarme interesado. Pero simplemente no me importa.

Me dice que está esperando. Pregunto a quién. Enseguida tengo la respuesta. Se acerca por entre las mesas con un bamboleo. Tiene suerte de no poder interpretar las miradas que caen sobre ella. Miradas que solo puede proferir un mundo culpable en su belleza. Miradas que solo puede proferir un mundo cuya salvación depende de una delgada fachada de ética. Tampoco lleva net glases. Viste un chándal. Viejo, pero limpio. Se sienta al lado de la chica girls crew. Se abrazan. Se besan en la mejilla. Siempre tengo algún eslogan en la cabeza. Algún buen verso que reutilizar. Pero esta vez no. Me sorprendo teniendo pensamientos complejos. Pienso, por ejemplo y al mirarla, en que lo qué percibimos como discapacidad no tiene tanto que ver con la inteligencia como con una falta de coordinación psicomotriz generalizada.

La chica girls crew:

-Es mi hermana.

Se retuerce alrededor de su cuello como un bebe. Es bastante tierno, pero se nota que girls crew está cansada. Lo comprendo. No debe ser fácil soportar semejante ¿castigo?

La chica girls crew:

-Mis padres no quieren hacerse cargo de ella. Pero no me importa. Gano lo bastante limpiando como para mantenernos a las dos.

Se gira hacia su hermana y le hace una carantoña:

-¿Verdad que sí?

La aludida asiente sin asentir, como se asiente ante algo que no se entiende pero se disfruta.

-Es duro ver que toda esta gente que no nos conoce nos mira raro. Pero da igual. Lo único que me importa es mi hermana.

Llega el momento de irse. Cierra el libro. Cierra el bolso. Se levanta. Coge a su hermana de la mano. Salen de la cafetería. Espero sinceramente que todo les haya ido bien. Pero lo dudo.

Reconozco una melodía familiar en el hilo musical. Life forever. Maybe I don´t wanna know how your garden grows. `Cause I just wanna fly. Lately, did you ever feel the pain in the morning rain as it soaks you into the bone?


Vuelvo a la oficina. Entro en la sala de reuniones. Los ejecutivos siguen sentados alrededor de la misma mesa. Se aprietan las corbatas. Se miran. Se retuercen. Parecen incapaces de hacer otra cosa. Les digo que he tenido una idea. Una idea que puede salvarnos a todos.

Un holograma se enciende. Un cártel aparece. Es una foto de estudio. Entorno urbano. Ideal para reflejar fatuos sueños de ambición. Una chica rapada. Viste una camiseta blanca con un estampado en letras fosforescentes. Fuma un cigarrillo. Su postura es forzada. Así se acentúa su cuerpo atlético. Mira a cámara. Desafiante. Cómo si dijera “puedo abrirte la cabeza pero a la vez soy muy vulnerable”. Justo lo que los hombres buscan. O creen que buscan. Se alternativo. Un eslogan.


Pablo Menendez Fernandez