sábado, 28 de febrero de 2015

jueves, 26 de febrero de 2015

Eduardo Martínez Rico, autor de Fernando el Católico. El destino del rey



Eduardo Martínez Rico nació en Madrid en 1976. Se licenció en Filología Hispánica en 1999 en la Universidad Complutense de Madrid, y se doctoró por la misma Universidad tres años después con una tesis titulada La obra narrativa de Francisco Umbral: 1965-2001. Ha publicado los siguientes libros: Umbral: vida, obra y pecados. Conversaciones (2001), Umbral. Las verdades de un mentiroso ilustre (2003), Alberto Vázquez-Figueroa o la aventura (2004), Pedro J. Tinta en las venas (2008), La guerra de las galaxias, el mito renovado (2008), un análisis sobre el trasfondo cultural y mitológico de la saga creada por George Lucas, en Alberto Santos, Editor, y Cid Campeador (2008), novela histórica, que pronto verá la luz con una nueva edición en Imágica.
Escribe habitualmente en prensa e Internet, siendo codirector de la revista Avuelapluma.com. Entre las publicaciones en las que ha colaborado están: Expansión, Época, Qué leer, Diplomacia y El Norte de Castilla. También ha publicado ensayos en libros colectivos sobre González Ruano y Eugenio D´Ors, y en revistas académicas como Dicenda, de la Universidad Complutense de Madrid. Ha participado en cursos y congresos sobre literatura y periodismo, y como docente ha impartido clases en la Universidad del Instituto de Empresa (Periodismo Cultural) y en los programas de máster del Instituto de Empresa («El valor de la palabra: escrita y hablada»), así como en la Universidad de Mayores del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Comunidad de Madrid (Literatura Española).

miércoles, 25 de febrero de 2015

domingo, 22 de febrero de 2015

La historia mítica del héroe (La guerra de las galaxias: El mito renovado)




Un mundo virtual y «significativo»

Las investigaciones más recientes sobre el cerebro y el lenguaje humano, así como las realizadas por mitólogos y antropólogos,24 demuestran la enorme importancia de los mitos en la conformación de nuestra forma de ser y estar en el mundo, como individuos y como sociedad.
Sánchez Vidal destaca en su artículo la gran aportación de Terrence Deacon en La especie simbólica: La coevolución del lenguaje y el cerebro (The symbolic species: The coevolution of language and the brain, 1997). El proceso de simbolización es fundamental en el desarrollo del ser humano; eso nos ha permitido adquirir un lenguaje que no tiene por qué guardar relación con lo que significa. El hombre, gracias a ese poder de simbolización, vive en «un mundo virtual, con unas coordenadas temporales y espaciales propias».
Los mitos conforman el material del que está construido ese «habitáculo» y han contribuido a la evolución de la mente humana, a hacerla más dinámica y práctica para la vida. Los «mapas del mundo», «maquetas» que constituyen los mitos para nosotros, nos han permitido estructurar el mundo, complejísimas realidades, y nos han animado a lanzarnos a lo desconocido, a progresar en el sentido más amplio de la palabra.

En realidad, toda la sociedad se asienta sobre un lecho de mitos en diferentes grados de composición o asimilación [...]. Los mitos siguen apuntalando la poesía, la pintura, la novela, el cine, la música... En definitiva, los mitos cumplen el papel de siempre: permiten que sigamos siendo la especie simbólica. La que no se conforma con constatar lo que hay. Capaz de explorar nuevas perspectivas, consciente de que el hombre es animal que sobrelleva muy escasa cuota de realidad. Nos permite hacer planes. De algún modo, nos facilita ser más libres. Un respeto (Sánchez Vidal, 2005: 9).

Ese final, «Un respeto», solo quiere destacar los ojos cerrados, la ignorancia, bastante natural, con la que vivimos de espaldas al mito, inconscientes de su influencia en nosotros; vivimos sumergidos en él, y no sentimos ni vemos ese océano.
Creo que la máxima aspiración del ser humano es conocerse a sí mismo, porque a partir de ahí vendrá todo... y los mitos, si somos conscientes en la medida de lo posible de su significación, origen, funcionamiento y evolución, nos dan una llave maravillosa para realizar la gran empresa de nuestras vidas.
También en ese número de Muy Especial se ofrecía una entrevista con el catedrático de filología clásica Carlos García Gual. Ambos documentos, «La especie simbólica» y la entrevista a García Gual, nos sitúan con mucha claridad, y con un lenguaje sumamente accesible, en el mundo del mito, y al mismo tiempo conectan este tema tan inabarcable con el de La guerra de las galaxias. García Gual, en una entrevista realizada por Fernando Cohnen, habla del filósofo Hans Blumenberg para señalar lo que en su opinión es una de las grandes aportaciones del mito al ser humano: la «significatividad»:


 El filósofo alemán Hans Blumenberg señala que el mito aporta «significatividad» humana al mundo. El hombre primitivo lo ha necesitado para explicarse la realidad desde esa perspectiva. Más que las tormentas o las grandes convulsiones de la naturaleza, su gran miedo era que la realidad no tuviera sentido humano. Los mitos hablan de la actuación de los grandes dioses y de los héroes, que tiene sus efectos en el mundo. Los mitos están más allá de lo real y ofrecen una explicación de la realidad. Esa explicación simbólica tiene que ver en muchos casos con las creencias religiosas. Los mitos hablan de los grandes enigmas y eso aclara su presencia en cualquier cultura. También explica[n] por qué subsisten en una sociedad como la nuestra, que trata de buscar una explicación científica del universo. Y es que las mitologías tienen mucho que ver con el fondo religioso de los pueblos (Cohnen, 2005: 24).



Ya nos encontramos en esa confusión, que no es tal, fusión, del mito con la religión, el mito como esencia o vehículo —depende— de las creencias religiosas. Recordemos que en la religión griega los mitos eran el sustento del ritual, y no es raro que los dos profesores citen, en sus trabajos, La guerra de las galaxias como mito moderno, como una revitalización del mito. En realidad no hemos parado de crear mitos, más o menos duraderos;25 La guerra de las galaxias es uno de ellos, y sus elementos se ajustan maravillosamente a los que conformaron los más antiguos.


La nostalgia por un héroe perdido

El juicio del profesor García Gual sobre La guerra de las galaxias es más mítico que estético o literario, y sorprende la relación que establece entre la saga galáctica y la de Indiana Jones. Los elementos que destaca están presentes en una y otra; no sé si García Gual era consciente de que el escritor de ambas historias, el creador de todas esas situaciones y personajes, «héroes clásicos», «mitológicos», tratados con nostalgia, es el mismo, George Lucas.

Es nostalgia por el héroe mitológico. La guerra de las galaxias tiene nostalgia del héroe clásico, se trata de un relato imposible y fantástico en el que los grandes héroes luchan con espadas y armaduras que parecen medievales. Hay todo un halo romántico y nostálgico en esa puesta en escena. Algo parecido ocurre en la película En busca del Arca perdida, ya que el héroe es un arqueólogo que viaja por territorios extremos y por mundos que se remontan al pasado, donde todavía es posible la imaginación [...] y lo mágico (Cohnen, 2005: 26).

«Donde todavía es posible la imaginación y lo mágico.» Es una gran frase. Quizá sea George Lucas ese hombre que siente nostalgia por un pasado mítico, por un héroe clásico que tiene que luchar contra invencibles dificultades antes de regresar victorioso, más sabio y más completo, más verdadero, a su lugar de origen.


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sábado, 21 de febrero de 2015

El mito artúrico y La guerra de las galaxias. Entrevista con Luis Alberto de Cuenca


 
Extracto de "La guerra de las galaxias: El mito renovado"



El mito artúrico y La guerra de las galaxias



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viernes, 20 de febrero de 2015

Los personajes de la saga (La guerra de las galaxias: El mito renovado)




Obi-Wan, ideal jedi

Yoda es más sabio, Darth Vader más poderoso, envuelto en un halo de misterio, quizá el centro total de la película, Luke es la bondad inocente e ingenua, la extrema pureza, sobre todo al principio, Han Solo es la simpatía, la gracia constante, la generosidad... Hay personajes en La guerra de las galaxias que no pueden abandonar la memoria de los que las han visto. Pero Obi-Wan reúne lo que todos tienen en conjunto.
Él es sabio, fuerte, simpático, como todos, pero posee todas estas cualidades, y además es bondadoso como ninguno, comprensivo. Su papel en las películas es el de defensor de la República, primero; ayuda a los rebeldes en un momento en que él es el único que puede auxiliarles —y por eso Leia acude a él en el epiv—, y guía a los personajes que mueven verdaderamente las historias, héroes, elegidos: Anakin y Luke. Él mismo es un héroe mucho más positivo que ellos; no tiene lado oscuro; nunca, a lo largo de toda la saga, desfallece... Por supuesto, nunca busca el honor y la gloria, lucha como si lo hiciera otro por él. Su premio es poder hacer lo que hace; en realidad, es el gran maestro.
Yoda es demasiado elevado para enseñar, su sabiduría se mueve en terrenos demasiado elevados. Obi-Wan, como de-muestra en El ataque de los clones, es el hombre que se puede tomar una copa en un bar con un confidente para sacar una información, el joven sabio, y el viejo joven y sabio. Nosotros también nos tomaríamos una copa con Obi-Wan, pero la copa sería menos agradable con Anakin, incluso con Luke o con Qui-Gon Jinn.
Asistimos a la madurez de Obi-Wan durante todas las películas como sin querer; su papel es la del eterno secundario, y muchos lo llamarían segundón, pero para mí es uno de los más queridos. Y eso, naturalmente, lo consiguió Lucas con la primera trilogía, en la que le dio un protagonismo maravilloso.
Dicen que Ewan McGregor, que ya sabemos que sufrió lo suyo rodando estos primeros episodios porque tenía que actuar solo delante de pantallas azules —rodaje con cámaras digitales— y se aburría, vio la segunda trilogía varias veces, aprendiendo de Alec Guinnes sus gestos, su forma de actuar, su personalidad... Y así consiguió crear un personaje perfecto que enlaza con el original; ahora, en realidad, el original es él: él es Obi-Wan Kenobi. En la mirada de Ewan McGregor, en su forma de mover los dedos, de cruzar los brazos en ese gesto tan suyo, está Alec Guinnes y La guerra de las galaxias.
Obi-Wan es el hombre de acción, el destinado a las más grandes misiones, que le gustaría ser hombre de pensamiento, estatismo y meditación. Forma a Anakin, formará a Luke cuando ya esté retirado en el desierto como una especie de ermitaño. En el epiii, ese episodio tan clave, al final, con todo perdido, es el encargado de matar a Anakin.
Hay nuevas grandes misiones. Es Obi-Wan el que se hace cargo de los niños, los hijos de Anakin y Padmé, de ocultarlos de su propio padre y de la influencia todopoderosa del Emperador, y entrega a la niña al senador Bail Organa —«Mi mujer y yo nos quedamos con la niña. Llevamos mucho tiempo queriendo adoptar a una niña»—, y el niño al hermanastro de Anakin, Owen, un granjero de Tatooine que no puede ser más distinto de Anakin. Él es el que aparece encapuchado al final del día en la casa de los granjeros y entrega a Luke.
Cuando Yoda cae derrotado por el canciller Palpatine, toda una enseñanza que él asume con sabiduría, el gran maestro jedi exclama: «Al exilio me veo obligado». En este lenguaje político está una de las claves de La guerra de las galaxias. Obi-Wan también parte al exilio. ¿Qué vida llevarán todos estos personajes en tantos años? Cuando en el epiv volvamos a verlo, Obi-Wan será un anciano; ya era sabio antes, ahora lo es más. ¿En qué ha ocupado su tiempo?


Yoda, la esencia jedi

Monjes guerreros, los jedi no son seres contemplativos, o no son puramente contemplativos: también son hombres de acción. Son guerreros, en cierto modo, antiguos caballeros medievales, una especie de hermandad espiritual que protege la galaxia.
El consejo jedi es un órgano consultivo del Senado, y se rige por un organigrama muy completo que en las películas, en poco tiempo, y mostrando más que explicando, al más puro estilo novelesco, se nos desvela. Los jedi sienten, piensan, no son individualistas, se apoyan unos a otros, se les encomiendan misiones... Hay un orden jerárquico. Incluso Yoda, como hemos tenido la oportunidad de comprobar en epii y epiii, es un guerrero: inolvidables, para algunos en el peor sentido, sus apariciones súbitas a bordo de una nave-helicóptero de combate rodeado de tropas clon.
Cuando nos lo volvemos a encontrar en El Imperio contraataca, es un anciano que lo ha visto todo, absolutamente todo, pero ya quedó patente en los primeros episodios. Yoda es una especie de gran yogui; tiene más de ochocientos años y siente más que nadie la Fuerza. La siente tanto que el engreimiento, la demostración de su poder, todo lo corrupto, sucio y vil que puede suponer la Fuerza en él es completamente inane. Luke se siente muy defraudado al principio cuando lo conoce.
«Ah, ¿un gran guerrero?», le dirá Yoda refiriéndose a lo que busca Luke.





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